El amanecer del 24 de diciembre tiene la pretensión de ser como el del 25. El del 25, lo veremos mañana, es un amanecer silencioso, de puntillas, como si quisiera cometer la fechoría de encender la luz de repente y dar un susto. La quietud, sorprendentemente, es inquietante, y eso me lleva a pensar en cómo es nuestra vida para que, la calma y la serenidad, nos parezca presagio de algo negativo.
Pero hoy es 24 y este amanecer, como digo, ha sido un preludio del de mañana… o eso esperamos.
El día de hoy será largo. Tenemos la agenda comunitaria apretada: la celebración de las diferentes horas litúrgicas (que no se nos olvide que Dios es el Señor del tiempo), la decoración de la casa, los ensayos de la música y los cantos de estos días con sus afinaciones, correcciones de tono, pequeñas variaciones en la percusión o en las “intro”; el teléfono sonando por toda la casa (porque el monasterio es una casa, es un hogar); personas que vienen a felicitarnos la navidad; acabar de escribir las felicitaciones que van por correo electrónico y alguna otra, rezagada, en papel (ayyy, las cartas de papel…); adelantar algo de la cena; terminar de preparar la Misa del Gallo que nos espera a las 00.00, ese capicúa que este año comenzará con las campanas sonando y el gloria recordando que aquella campa de pastores era en realidad una sala de conciertos… Ah, y el chocolate posterior, con su alegría y sus buenos deseos.
Luego está lo que sucede en el corazón de cada hermana de la comunidad, que tiene lo suyo también: la alegría de vivir una Navidad más, y van 94; el misterio sobrecogedor de que quienes no se conocían, hayamos formado una familia llamada “comunidad”; el recuerdo emocionado de quienes no están ya en nuestras vidas, no, al menos, como lo habían estado hasta ahora; la gratitud por tantas cosas vividas, por tanta luz en el camino; el reconocimiento de que las sombras y los dolores pueden ser transformados en algo nuevo, en algo bueno, aunque no se entienda; los nombres que habitan los corazones de cada hermana y el único corazón comunitario… y más, mucho más, tanto, que sólo es abarcable en Dios.
Por eso el 25 amanece tranquilo, porque el día 24 es un ajetreo alegre, una suerte de colibrís que revolotean construyendo situaciones, espacios y oportunidades que nos lleven a esa promesa de la Natividad.
El 24 se cierran los calendarios de Adviento, con sus chocolatinas, las frases bíblicas, los planetas y las sorpresas.
Aun con todo lo que tenemos por delante, este amanecer ha sido tranquilo, prometedor. Yo, personalmente, confío en su anuncio, en la profecía de Zacarías del evangelio de hoy, que un sol nos visitará desde lo alto y nos dará luz, nos dará a luz.
Feliz 24 de diciembre.
Mañana será otro amanecer y otro encuentro.

