Ayer, alguien lanzó una pregunta: “¿Por qué a veces se oye el mar desde el monasterio y otras veces no? ¿Es por el silencio?”.
La respuesta estaba dada. Sí, por el silencio, y por la dirección del viento, por la ausencia de esa niebla espesa que lo cubre todo y hace de sordina.
Sobre todo, sobre todo, por el silencio. El silencio nos permite escuchar lo escondido de la vida, lo oculto del corazón.
Dios, el “Todopoderoso”, habita en algo tan leve, tan sutil como es el silencio.
Para escuchar a Dios también son necesarias algunas condiciones: silencio (y no precisamente el exterior, sino el interior, esa ausencia de ego tan necesaria), que el alma esté favorable al Encuentro, apertura de mente y de corazón.
En una conversación también son importantes los momentos de silencio. Es magnífico estar unos minutos calladas, reflexionando sobre lo que se ha hablado. Puede sonar extraño pero, cuanto más a gusto se está con alguien, cuanto más honda y sincera es la conversación, más necesaria se torna esa afasia que posibilita el digno vocablo siguiente.
Es por eso que nuestra vida, la vida monástica, precisa de tanto silencio y soledad, porque deseamos atrapar lo más tenue de Dios y queremos que nuestra conversación esté teñida de hondura. Dios y la hondura, que viven juntas, facilitan la alegría y la fluidez.
Esta mañana, en la oración del amanecer, que transcurre en penumbra, con la confianza de que la luz del día lo abrazará todo, hubo un momento de silencio, tras la lectura bíblica (bastante dura, por cierto) en el que todo se paró. No estábamos solas, había varias personas rezando con nosotras, buscando, creo yo, escuchar el silencio germinador, el silencio que ilumina el camino. Llovía, como lo ha hecho toda la noche, con abundancia pero sin enfado. La lluvia bendita estaba fertilizando ese momento de oración. Cada una de las que estábamos ahí, con nuestras propias historias, nuestras inquietudes, huidas y deseos, estábamos recibiendo, a través del sonido, la lluvia copiosa que hace germinar aquello que Dios coloca en el alma.
Dios nos germina en el silencio, en la apertura a su Presencia. Nos germina y nos hace florecer al acoger su lluvia. Dios nos vuelve Origen, nos desnuda de tibiezas y ambigüedades, nos despierta y nos coloca en la tierra que estamos invitadas a habitar.
La tierra adonde cruzas para tomarla en posesión es una tierra de montes y valles, que bebe el agua de la lluvia del cielo; es una tierra de la que el Señor, tu Dios, se ocupa y está siempre mirando por ella, desde el principio del año hasta el fin. Si escucháis y obedecéis los preceptos que os mando hoy, amando al Señor, vuestro Dios, y sirviéndole con todo el corazón y con toda el alma, yo mandaré a vuestra tierra la lluvia a su tiempo: la lluvia temprana y la tardía; cosecharás tu trigo, tu mosto y tu aceite; yo pondré hierba en tus campos para tu ganado, y comerás hasta hartarte. (Dt 11,11-15)
Bendita la lluvia, bendito el silencio habitado, bendita tú cuando escuchas a ambos, porque de ti brotarán ríos de agua viva.

