Quizás el adviento sea ese montoncito de nieve que vemos en las montañas cuando algunas de las hermanas nos asomamos a las ventanas de las habitaciones. Un montoncito pequeño desde aquí, pero que será grande si nos acercamos, y mucho más grande si dejamos pasar el tiempo y nos metemos más en el invierno.
El adviento es una cuestión de tiempo, de esperar y de mirar.
Es cuestión de tiempo porque el adviento siempre llega, como llega siempre la Navidad. Esto es un invento nuestro, no la Navidad, claro, sino lo del tiempo, porque en Dios no hay tiempo, él es un presente perfecto, un pasado actual y un futuro contemporáneo. O quizás no es nada de eso, a saber, que en realidad, lo único que de verdad sabemos de Dios es que es amor, y bastante tenemos ya con rumiar semejante noticia.
El adviento es esperar, con las manos abiertas y los pies dispuestos, por si acaso hay que salir disparados a alguna parte. Quizás tengamos que hacerle hueco al silencio en los oídos y en el corazón, por si nos reclaman otras voces, u otra Voz.
No sé, a lo mejor tenemos que abrir la puerta a alguien que pide un poco de sal, contestar una llamada de alguien que precisa compañía, visitar a una vecina que se ha quedado viuda recientemente, preparar una vigilia de oración en un hospital o llevar unos paquetes de arroz para la operación kilo.
Claro, para realizar lo anterior, es preciso mirar, y mirar hacia adelante, no hacia uno mismo. Sabemos que el adviento llega, que llega la Navidad, pero si no miramos, ¿cómo vamos a saber por dónde llega? Si sólo miramos el camino propio, ¿cómo vamos a cruzar nuestros pies con el camino de los otros?
El adviento es el tiempo en el que podemos, con Jesús, empujar de alguna manera la esperanza hacia quienes nos rodean. La esperanza y la alegría, por diossssss, ¡la alegría!, que a veces estamos tan enfrascados en las cosas pequeñas que se nos olvida aspirar a las grandes: el amor, la alegría, la confianza… Esas son cosas grandes, dignas de desear, y que se muestra en lo cotidiano del día, en lo minúsculo de la jornada. Como Dios, que siendo lo más, se hizo lo menos, un bebé llorón y demandante, como todos los bebés, y él, además, una promesa y una bendición.
En este tiempo de adviento, tres palabras: esperar, mirar y alegrar. Con esto, tenemos la cena de Navidad.

