«Les di a conocer tu nombre y se lo daré a conocer, para que el amor con que tú me amaste esté en ellos, y yo en ellos» (Jn 17,26).
La liturgia de la eucaristía de hoy nos propone varias opciones como lectura evangélica. Nosotras comentaremos el texto de Jn 17,24-26.
Este fragmento pertenece al largo discurso de despedida que el evangelio de Juan pone en boca de Jesús entre los capítulos 13 y 17. Esto es justo antes de su prendimiento y pasión. Por lo tanto, son unas palabras que iluminan el sentido de la muerte de Jesús, que se narrará a continuación.
Los últimos versículos nos pueden ayudar a acoger y abrazar el hecho de la muerte humana puesta en relación con la muerte de Jesús. Esta, como sabemos, es inseparable de su Resurrección. El fragmento no menciona explícitamente la resurrección de los muertos. Sin embargo, en él Jesús utiliza repetidamente tres verbos que nos sitúan en su ámbito: estar, conocer y amar.
La Resurrección es estar con Jesús, estar donde está Jesús, que Jesús esté en nosotras.
Resucitar es seguir conociendo a Dios.
Ser resucitadas es que el amor con que el Padre ama a Jesús esté en nosotras.
La fe cristiana nos llena de la confianza de que la VIDA es un regalo de Dios que supera los contornos de la existencia tal y como la experimentamos aquí. Podemos poner muy pocas palabras para intentar explicar qué es la vida más allá de la historia. Tal vez la experiencia comprenda un poco más sobre la relación y la comunión con quienes nos han precedido.
Quienes tuvieron primero la experiencia de la Resurrección de Jesús, de que él estaba vivo de una manera nueva, acogieron también la promesa de que las vidas humanas seguirían relacionándose con él y con el Padre.
Oración
Trinidad Santa, llénanos del deseo de vivir plenamente ahora y siempre. Llénanos de la esperanza de que quienes nos han precedido y amamos están danzando contigo. Llénanos de la confianza que nos permite dejarte todo el dolor y todo el agradecimiento. Amén.

