(Léase previamente Jeremías 13, 1-11 y Mateo 13, 31-35)
Encima del hábito, con más consciencia hoy tras haber leído la primera lectura que nos propone la liturgia del día, coloco el cinturón, negro, que uso diariamente. La ventana abierta regala el murmullo de la lluvia pertinaz que mitiga lo que, en esta tierra, podemos calificar de “seca”.
El cinturón no está mojado, no ha pasado días metido en la hendidura de unas rocas bajo el agua de esta silenciosa ría que vemos quienes vivimos en este monasterio. Este cinturón, a pesar de los años y su deterioro, está en uso, sirve y me recuerda que mi vida está ceñida a la de Dios, que su corazón sostiene el mío, que su existencia rodea la mía y que, también, lo mismo sucede al revés.
¿Quién ciñe a quién?
Llamadas a la humildad, llamadas hoy a través de Dios hecho Palabra a reconocer el profundo valor de lo pequeño y de lo escondido, atributos preciosos del Señor. La correa que siento sobre mi cuerpo y que veo ceñida en los cuerpos de mis hermanas, anuncia que lo minúsculo es el origen de todo y el espacio grandioso en el que cabe todo asombro.
Cualquier grieta es el pórtico del Misterio.
Podemos descubrirnos ceñidas a Dios, que nuestra vida abarca su Presencia (así nos lo indica el profeta de las lágrimas), la rodea, la envuelve. Dios nos indica que seamos prudentes, que cuidemos aquello que nos permite esa intimidad con Él, ese don de ser su Cuerpo y de ceñirlo, de ajustarnos a Quien es. Pensar esto es casi un exceso de confianza y de amor. ¿Ceñir mi cuerpo al tuyo, Señor? Si así lo quieres, no sólo mi cuerpo, también mi alma, mi mente, mi espíritu, mi toda yo hecha trocitos, fragmentos que únicamente se unen en ti.
En ti cada una es unidad.
Cinturón, insignificante semilla de mostaza, pizca de levadura… ¿dónde está el milagro de Dios sino en soñar que todo se hace nada?

