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La Navidad es hacia abajo

La Navidad es hacia abajo. Esta es la idea que estamos trabajando en comunidad durante este tiempo de Adviento/Navidad.

Reflexionar y orar con esta premisa nos ayuda a darnos cuenta de dónde estamos y hacia dónde queremos orientar nuestros pasos, personales y comunitarios. Que Dios se haya hecho niño significa el despojo más absoluto, la infinita capacidad de desapropiación.

Estos días nos preguntamos cómo asumimos nuestras decepciones y frustraciones, qué podemos aprender de y con ellas. Es inevitable vivir decepciones, pero podemos darle la vuelta a esas realidades y extraer un mayor compromiso con las propias opciones y decisiones, o sencillamente, con el acontecer que se nos escapa. Cómo es nuestro trato con las demás, cuáles son nuestras aspiraciones, nuestras ambiciones (ya decía Pablo aquello de «ambicionad los carismas mejores»).

Que la Navidad sea un camino hacia abajo nos recuerda que sí, que no todo podemos controlarlo, que no es bueno que así sea y que hemos de confiar más en la sabiduría de la vida, de la Vida, del corazón propio y del ajeno.

Ya hace mucho que el catolicismo, gracias a Dios, dejó de ser un espacio de poder y de autarquía (gracias a Dios, gracias a Dios, gracias a Dios).

Quien aún vincule la Iglesia al poder o, por ejemplo, a un partido político, quizás convendría que revisara la idea.

Quien piense que por ser católico es más o tiene más razón, quien piense que por ser cura, monja o fidelísimo seglar tiene sus pies colocados en el peldaño superior, entonces será mejor que revise su imagen de Dios porque está claro que el camino de Cristo es hacia abajo, no hacia arriba.

Podemos decir lo mismo de quien piense que es más o mejor por ser famoso, popular, por ocupar un cargo de responsabilidad, por salir en los medios… Lo mismo sucede si seguimos pensando que el ser humano es el centro y culmen de la creación y no una parte de ella que, además, tiene el encargo de cuidarla y hacerla prosperar.

Ir hacia abajo no es fácil, tampoco gustoso. Las piernas duelen, los gemelos se resienten, hay calambres, pero es el camino, de hecho, es el único camino.

Podemos mirar a Jesús, contemplar en los textos evangélicos cómo se comportaba, cómo fue asumiendo su destino a partir de las decisiones que iba tomando, cómo fue corrigiendo su propio camino, preguntando a otros para discernir mejor, orando para encontrar respuestas o hacerse las preguntas adecuadas.

No, no es fácil ir hacia abajo.

No es fácil reconocer las equivocaciones y las sombras, darse cuenta de que, aunque sea sin querer, a veces se hace daño.

No es fácil tropezar siempre contra el mismo pedrusco y querer quitarlo de una patada, provocándote más dolor incluso.

No es fácil escuchar algunas opiniones y querer acogerlas e integrarlas, pero es el camino. En esa tensión encontramos la humildad necesaria para poder mirar a las otras con más comprensión y más compasión.

No estamos solas en el descenso, qué va. Nos acompañan quienes nos quieren, como nosotras acompañamos a quienes queremos. En la dureza de la bajada nos encontramos con la mano de la de al lado, de la amiga, mejor aún, de la hermana.

Es el camino.

Al final de la escalera, pero abajo, nos espera un abrazo de más de 8 segundos.

Y algunos más durante el trayecto. 😉