dignidad alt

Esperamos con dignidad

Esta mañana, en la eucaristía, hemos escuchado el último evangelio del año litúrgico. El texto de Lucas terminaba así: “… y presentaos de pie ante el Hijo del Hombre” (Lc. 21, 36). Es una manera excepcional de entroncar el final de este tiempo con el que comenzaremos dentro de unas horas, el Adviento.

La invitación es a estar de pie ante el Hijo del Hombre. No se puede separar la fiesta de la Natividad de la fiesta de la Pascua, ambas son parte del mismo misterio, ese que hace que Dios se arrodille y que empuje al ser humano a ponerse en pie.

No vivimos momentos de mucha dignidad. A poco que entres en la web de cualquier periódico te das cuenta de que la dignidad humana cotiza más bien poco en bolsa. Las múltiples noticias sobre conflictos bélicos, violencia machista, migrantes que cruzan infinitos, mujeres sin derechos, infancia abusada, creyentes perseguidos y centenares de dolores más, toda esta información nos enfrenta ante esa invitación a ponernos delante de Jesús, en pie, con dignidad.

¿Cómo nos verá Dios para,  a pesar de todo, decirnos que somos criaturas merecedoras de su afecto, de su cuidado? ¿Qué capacidad tiene Dios, qué infinita capacidad, para amarnos así, sin fisuras, sin brecha alguna?

A lo mejor el tiempo de adviento puede ayudarnos a reflexionar sobre nuestra mirada, sin juzgarnos, reflexionando con interés, con curiosidad, solo queriendo valorar la limpieza de nuestra mirada.  Cuando se realiza ese ejercicio se aprende mucho sobre cómo miramos a los demás pero también cómo nos miramos, cómo nos relacionamos con lo escondido de nuestra vida.

Tenemos motivos más que fundamentados para mirar a los demás y descubrir en ellos esa dignidad que también a nosotros nos caracteriza. La persona que está a tu lado posee la misma dosis de germinal humanidad que tú y que yo, posee la misma tierra, el mismo aire e idéntico beso divino.

Puestas en pie, reconociendo que somos hijas amadas de Dios, incondicionalmente amadas por él, nos acercamos al misterio de la Navidad.

Puestas en pie ante el Hijo del Hombre abrimos nuestra esperanza y cedemos en la batalla que nos ocupa tanta energía porque, Dios bueno, ceder ante ti no es sino nuestra propia victoria.