El hortelano que anuncia la vida

Hortelano que anunica

El hortelano que anuncia la vida

Primero conocí (me refiero a descubrir con sorpresa) al hortelano de Miguel Hernández, el de la Elegía a Ramón Sijé, el hortelano apasionado, arrepentido, que deseaba escarbar la tierra con los dientes y extraer el cuerpo de su amigo.

Después descubrí al hortelano del evangelio de Juan, el fiel, el pacífico que espera el momento de poner voz de vida a la mañana angustiosa, el interpelado que deja a la mujer avanzar por sí misma en su camino de fe.

Más tarde mi pensamiento unió los dos hortelanos. No me resulta difícil ver al hortelano del poema llorar sobre la tierra ocupada por Jesús, lanzarse al suelo y escarbar con manos y dientes, desamordazar y besar el noble cuerpo.

¿Será Dios el hortelano? Dios anda siempre ocupado en oficios relacionados con la naturaleza: higueras, viñas, campos, mieses…

¿Será Dios el que rompe la tierra para resucitar a su Hijo? ¿Quién es el hortelano que pregunta a la mujer con voz contenida por el secreto: “¿a quién buscas?”. Esa pregunta que late rítmica y cabezona en los textos evangélicos, aunque no siempre aparezca escrita, esa pregunta que podría ser el subtítulo del Nuevo Testamento.

¿Será Dios el que regresa a la sombra de los almendros el cuerpo removido de Cristo?

Yo también quiero ser llorando el hortelano, busco esa pasión desbordada del plantador de Miguel Hernández, porque creo que, a veces, pierdo oportunidades, que la vida desatenta no me explica claramente que el tiempo corre sin mirar hacia atrás.

Quizás algún día pueda preguntar a los demás, como el otro hortelano, el del jardín vuelto edénico, “¿a quién buscas?”, porque, para entonces, ya habré yo desamordazado y besado mi propio encuentro con Cristo. Podré preguntar, y podré sentarme entre rosas de almendro, que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero.