Las palabras que elegimos para describirnos, para expresarnos, para entablar relaciones con otras personas, son muy importantes. El ser humano es más charlatán que escuchante, quizás porque nacemos tras un largo periodo de silencio, unos nueve meses de atención silenciosa. Nos comunicamos tanto a través de las palabras que emitimos como a través de las que omitimos. Nos narra nuestro cuerpo con sus gestos elocuentes o sus expresiones contenidas. Todo lo nuestro se chiva: lo que decimos, cómo vestimos, las decisiones que tomamos… Una persona, difícilmente puede estar fingiendo toda su vida y todo el tiempo.
Nos contamos a través de lo que vivimos y eso nos hace vulnerables y preciosamente frágiles. Al final, vivir es un ejercicio de humildad, porque estamos inermes ante quienes nos conocen y es bueno que así sea ya que creernos fuertes, invencibles, súper héroes de una batalla épica imaginada, que sería la vida, lo que hace es que el alma se parapete tras un junco creyendo que es una encina.
Nadie más que yo pierde cuando me empeño en vestir mi día a día con una cota de mallas. Se es más libre cuanto más desnudo se reconoce una. La aparente fortaleza se ve como soberbia, y ya me dirás a quién le gusta estar con alguien que lo sabe todo, que lo comenta todo, lo apostilla todo, lo resuelve todo y, en la mayor parte de las ocasiones, lo pringa todo.
Jesús hoy nos ha hablado de renuncia. Etimológicamente, “renunciar” significa abandonar un anuncio, abandonar una noticia. Renunciar está asociado a perder una oportunidad, pero, qué va, muchas veces perder no es sino agrandar el espacio para acoger. En la vida monástica procuramos recorrer el sendero de la renuncia y lo digo con satisfacción, porque cuanto más voy dejando por el camino, más fácil avanzo, menos carga llevo. ¿Quién desea recorrer el sendero de la vida con innumerables pesos?
A mayor desnudez (renuncia), mayor superficie de piel (alma) que puede ser acariciada y besada por el Espíritu de Dios.
Creo que me voy a sentar sobre alguna piedra, o en un banco mirando a la ría que renuncia dos veces al día a su caudal y aparece como un humilde torrente, a lo mejor así ella y yo, podemos contarnos qué abandonamos, qué noticia dejamos a un lado porque quizás hay otra que esté esperando ser acogida.
Parafraseando la canción: “bendita la renuncia que nos puso puntual ahí”.

