En nuestro recorrido por diferentes dimensiones de la acogida, este mes nos detenemos en la oración como acogida. Toda oración es acogida de Dios y de la realidad. Veamos cómo sucede en la escucha de la Palabra y en el silencio.
Acoger a Dios en su Palabra
El papa León XIV, en su mensaje para la Cuaresma de 2026, explica que la conversión empieza acogiendo la Palabra de Dios: «Existe […] un vínculo entre el don de la Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que ella realiza». Esta acogida se realiza por una escucha preparada por la práctica del ayuno y en comunidad.
En primer lugar, a través de la escucha damos espacio a la Palabra de Dios, y esta a su vez nos enseña «una escucha más verdadera de la realidad», especialmente de las voces sufrientes.
En segundo lugar, el ayuno que nos prepara para acoger la Palabra es aquel que nos ayuda a discernir y a educar nuestra hambre hacia Dios, el bien y la responsabilidad con el prójimo. Una práctica concreta de este ayuno es el de dejar de utilizar palabras que hacen daño a las demás, e ir dejando que nuestras palabras, como la Palabra, sean «palabras de esperanza y paz».
Finalmente, escuchar juntas la Palabra es una forma de vida en común que modela el estilo de nuestras relaciones y la calidad de nuestros diálogos y nos capacita para dejarnos interpelar por la realidad.
Acoger a Dios en el silencio
Por otro lado, también podemos acoger a Dios en la oración de silencio. Leemos en El peregrino ruso:
«La continua oración interior de Jesús es una llamada continua e ininterrumpida a su nombre divino, con los labios, en el espíritu y en el corazón; consiste en representarlo siempre presente en nosotros e implorar su gracia en todas las ocasiones, en todo tiempo y lugar, hasta durante el sueño».
Cuando respiramos en el silencio de la oración, inspiramos acogiendo la Presencia de Dios en nuestro interior. Al espirar expresamos nuestra entrega a Dios, y aprendemos que no damos simplemente para no ahogarnos, sino para responder con amor al don de Dios. Así, en el movimiento de la respiración orante la acogida de Dios se transforma en entrega sencilla y serena.
Que esta Cuaresma el Espíritu vaya abriendo espacios de acogida en nuestro corazón y relaciones.

