Empezamos un ciclo de publicaciones sobre la acogida. Durante este año de celebración de los 50 años de la hospedería y la escuela de oración, cada mes iremos compartiendo una pequeña reflexión que nos acerque a diferentes dimensiones de la acogida.
La vida monástica es una exploradora tenaz de la realidad humana, puesto que busca lo más esencial de ella, y se empeña en sacarle brillo. Frotando, descubre que lo más básico y fundamental del ser humano habla de Dios, su Creador. Luego intenta vivirlo en toda la plenitud de su sentido.
La acogida es una de esas realidades sustanciales en la vida humana. Cada persona necesita que la acojan desde su nacimiento, ya que para sobrevivir y crecer alguien tiene que alimentarla, cuidarla y quererla. En cada etapa de su vida buscará a otras personas que la harán sentirse parte de un grupo, de un proyecto, de algo mayor que ella. Según vaya madurando, no solo será acogida, sino que también será capaz de acoger.
La acogida se da con acciones, símbolos y palabras. Todas estas satisfacen necesidades, generan sentimientos y tejen vínculos que permiten desarrollar la propia vida y apoyar la de las demás. Sin embargo, también puede suceder lo contrario: una vida está llena de sufrimiento cuando se choca con el rechazo o la indiferencia.
Seguramente todas tenemos recuerdos y sentimientos fuertes de cómo nos han acogido en una clase, de pequeñas, o en cualquier grupo nuevo más adelante. También es probable que recordemos miradas, palabras, caras sonrientes o cortantes. Ello nos ha ensanchado, nos ha hecho respirar con serenidad, ha encendido ilusión y alegría. O, por el contrario, nos ha producido incomodidad, ganas de marcharnos hacia un lugar seguro, desorientación sobre cómo comportarnos.
La intensidad de estas vivencias nos habla de que la acogida es algo esencial en la humanidad, que puede hacer vivir y puede hacer morir. La experiencia de Dios y su revelación nos dicen que Dios Trinidad es acogimiento para sí mismo y para los seres humanos. Cada Persona divina es acogida y acoge a las otras dos. La Trinidad es reposo, alegría, amplitud y paz para cada ser humano. Y cada ser y grupo humano está llamado a ser lo mismo para los demás.

