Quien se adentra en el desierto no es un desertor, es un valiente que quiere mirar de frente lo otro de su vida.
La arena del desierto esconde alacranes, esconde el fuego del sol recogido durante el día y quema las plantas de los pies y quema los ojos, los labios, el rostro todo.
Hay desiertos que son piedras lanzadas por mucha gente contra otra gente. En ese desierto están mis piedras y entro en él para recogerlas, algunas ensangrentadas, otras erradas, todas cubiertas de vergüenza.
El silencio del desierto es gritón y absoluto, es mentiroso e inconcluso y somete tu alma a la confesión y a la liberación.
La noche en el desierto es fría, ruidosa, con un río que abusa de tu pureza y un crujir de maderas, de huesos y de sueños. La noche ruge y gruñe, y tirita helada.
El tiempo de desierto, esas horas que ofrecemos al silencio, a la soledad, a la austeridad, como ofrenda al Dios de la misericordia, es tiempo en el que se abren cajas llenas de vientos y nos convertimos en “san antonios” de El Bosco, pequeños, aparentemente frágiles y siempre tiernos. Qué envidia la serenidad de ese San Antonio, con la cabeza apoyada en sus manos, esperando, porque lo que tenga que ser, será, y porque la tentación no se vence con la huída, se vence con la permanencia.

El Maestro que seguimos se metió en el desierto y su purificación duró más de 40 días y más de 40 noches, porque no está el desierto reñido con la belleza, porque en el desierto se esconde una flor que busca la luz.
Cuando entras en el desierto no te conviertes en un desertor, te conviertes en un ser humano abierto a la esperanza, con el deseo intacto, el odre lleno de humildad, para ir bebiéndola a sorbitos a medida que avanzas por el camino.
En el desierto hay que aguantar, a las bravas muchas veces, no abrir los ojos, no levantarse y huir, no regalar un segundo al miedo, porque éste es un glotón que se come ese segundo y los restantes…
El desierto se atraviesa permaneciendo.
El desierto de la cuaresma es la belleza recubierta de las espinas de la vida, como una castaña que espera a que extraigas del erizo el sabroso fruto.
La belleza nos salvará, el Hombre, el Cristo que “todo lo hacía bello” nos salvará.

