La acogida de huéspedes está presente en las dos grandes tradiciones que dan origen a nuestra comunidad de Suesa: la monástica y la trinitaria. Después de haber visto en el artículo anterior la importancia de la acogida en los inicios del monacato, este mes nos acercaremos a la acogida desde la vertiente de la Orden trinitaria.
Para ello empezaremos situándonos en el contexto en el que nace la Orden, el siglo XII. En esa época son frecuentes los llamados “hospitales”, casas de acogida no solamente para personas enfermas, sino también peregrinas o pobres. Motivadas por el fenómeno de las cruzadas, se fundan las órdenes hospitalarias, como los Caballeros de San Juan de Jerusalén, los Caballeros Teutónicos o los Caballeros de San Lázaro. Algunos de sus miembros luchaban en las cruzadas y estaban presentes en los caminos, mientras que otros cuidaban a enfermos y viajeros material y espiritualmente.
La Orden de la Santísima Trinidad y de los Cautivos nace a finales del siglo XII con unas características propias. Su fundador, Juan de Mata, siente un gran anhelo de dar respuestas nuevas a las circunstancias históricas de las cruzadas, por un lado, y de las capturas de musulmanes y cristianos en el Mediterráneo, por otro. Así, la Orden trinitaria no es ni monástica ni hospitalaria, sino redentora.
La Regla trinitaria propone una forma de vida orante, comunitaria y caritativa. Algunos hermanos llevaban a cabo directamente redenciones de cristianos cautivos en tierras musulmanas. Pero estas personas al volver necesitaban lugares donde recuperarse para reintegrarse en la sociedad. Esos lugares fueron los hospitales de las propias “casas de la Trinidad”, donde también se acogían a otras personas.
Veamos de primera mano lo que dice la Regla acerca de los huéspedes:
[El cuidado de los huéspedes, pobres y de todos los viandantes] se confíe a un hermano de los más discretos y benignos que los escuche, y, según le pareciere conveniente, les ofrezca el consuelo de la caridad. Pregúnteles, con todo, a los que cree que deben ser admitidos, si están dispuestos a conformarse con lo que se sirve a los hermanos. Por supuesto, no conviene admitir a nadie a comidas exquisitas y costosas. Pero todo lo que se haya de dar, dese con alegría, y a nadie se devuelva ofensa por ofensa. Si alguien, sobre todo religioso, viene a hospedarse, se le reciba con bondad, y se le atienda caritativamente, según las posibilidades de la casa. Sin embargo, no se dará a los huéspedes avena ni otra cosa en su lugar si se encuentran en una ciudad o poblado o donde esté en venta, a menos que los huéspedes sean religiosos, o tales que no la tengan a mano ni puedan comprarla. Pero si los huéspedes no la hubieran encontrado en venta y la hubiera en casa en que se les ha recibido, se les proporcione a un precio justo (RT 17).
El mismo día en que llega o es traído un enfermo, confiese sus pecados y comulgue (RT 36).
Además, todas las noches, al menos en el hospital en presencia de los pobres, se haga oración en común por el estado y la paz de la Santa Iglesia Romana y de toda la cristiandad, por los bienhechores y por aquellos por los que la Iglesia Universal suele orar (RT 38).
En los documentos relativos a las primeras fundaciones comprobamos como la mayoría de las casas nacen junto a un hospital preexistente o fundan uno nuevo. Esto muestra la preocupación por esta práctica de misericordia hacia las personas pobres o relacionadas con las redenciones.
Así pues, la conciencia hospitalaria ha sido constante en la Orden desde sus orígenes. Es esta conciencia la que sostiene hoy la hospedería del monasterio de Suesa y nos empuja a discernir la acogida que necesita nuestro mundo.

