Vio y creyó (Jn 20,8).
Dentro de la Octava de Navidad celebramos la fiesta de san Juan Evangelista. Desde muy antiguo, la tradición cristiana unió en la misma persona a tres figuras diferentes: Juan, uno de los Doce; el «discípulo amado»; y el autor del evangelio de Juan, las cartas joánicas y el Apocalipsis.
Aunque hoy sabemos que históricamente no es así, la fiesta de hoy nos une a las primeras comunidades cristianas por medio de su testimonio. Ellas oraron, reflexionaron y discernieron a la luz del Espíritu y de sus experiencias quién era realmente aquel Jesús de Nazaret que había muerto crucificado. Así surgieron los evangelios, y con ellos los relatos sobre el nacimiento de Jesús que estamos escuchando en este tiempo de Navidad.
La liturgia de san Juan Evangelista nos ofrece un texto lleno de simbolismo que nos traslada a varias décadas después, cuando Jesús acaba de morir. Es enterrado en un sepulcro nuevo, nunca antes utilizado. El evangelio nos explica que al ver el sepulcro vacío el discípulo amado ‘vio y creyó‘.
Del sepulcro vacío salió la Vida, esa Vida acogida años antes en un pesebre. Por eso el sepulcro vacío nos llama a mirar profundamente, con una mirada que vea de tal manera que comprenda y confíe. Que comprenda algo de la intuición de un Amor de Dios que ama la vida en la penumbra de un establo y de un sepulcro. Un amor a la vida que no teme la pequeñez ni se acaba con la muerte.
Estos días estamos invitadas a contemplar la verdad de las cosas cotidianas, tan pequeñas que fácilmente las despreciamos u olvidamos. El vacío de un sepulcro donde parecía sepultada la esperanza es la misma promesa de plenitud que encontramos en un pesebre convertido en cuna.
Oración
Te damos gracias, Padre, porque en Jesús nos regalas la Palabra de Vida que acogemos, acariciamos y dejamos que crezca hasta su momento.

