Porque para Dios nada hay imposible (Lc 1,26-38).
Estamos ya muy cerca de la Navidad, y en estos días los textos de la liturgia se van acercando poco a poco al acontecimiento del nacimiento de Jesús.
El evangelio de hoy nos cuenta la Anunciación: el relato de cómo Dios da a conocer sus planes a María de Nazaret y el consentimiento libre y confiado de esta para que se realicen.
Si nos hemos tomado en serio el tiempo de Adviento, hemos ido escuchando la Palabra y nos hemos dejado habitar por ella, el anuncio del ángel Gabriel no nos estará cogiendo por sorpresa. El Antiguo Testamento ya nos ha contado que Dios es el mayor Soñador, el Artista genial, el Dador espléndido, el Confiante en la familia humana.
Para Dios nada es imposible, pero no porque sea un mago que haga la realidad según su querer. No: nada le es imposible porque él es Realidad, es Presente. Sus caminos son y existen, solo tenemos que decidirnos a recorrerlos con él, a decirles sí.
Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos –oráculo del Señor–. Como el cielo está por encima de la tierra, mis caminos están por encima de los vuestros y mis planes de vuestros planes (Is 55,8-9).
Su amor y su perdón no son posibilidades que tal vez alcanzaremos, sino que son Realidad.
Su vida y su compañía no son posibilidades que algunas personas sienten, sino que son Realidad para todas.
«¿Qué habéis salido a buscar?», pregunta Jesús en un momento del evangelio. Este Adviento, ¿hemos salido a buscar esperanza o respuestas? ¿Seguridad o alegría?
Oración
Padre misericordioso, que en estos últimos días de Adviento la esperanza y la alegría nos ayuden a despegar el vuelo para encontrarnos ligeras con tus caminos.

