Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa es grande en los cielos (Mt 5, 1-12).
En esta celebración de Todos los Santos, la liturgia nos invita a escuchar y a orar con las bienaventuranzas. Sitúa esta fiesta, por lo tanto, en el ámbito de la felicidad y de la comunión con Dios.
Dios es el Santo, y en su inmenso amor y generosidad comparte su santidad con los seres humanos. Las bienaventuranzas nos señalan la esencia de esta comunión: aceptarnos a nosotras mismas y nuestra realidad, y vivir en la consciencia de que nuestra vida está escondida en Dios (cf. Col 3,3).
Vivimos en el ámbito de Dios cuando acogemos nuestra pobreza espiritual, nuestra sordera a su Palabra, y confiamos en que nos va modelando con misericordia. Somos en él cuando no nos dejamos llevar por respuestas violentas ante las dificultades, sino que esperamos la luz con mansedumbre.
Nos dejamos abrazar por Dios cuando no escondemos nuestras tristezas y hambres, sino que las ponemos ante las demás para que nos ayuden a descubrir si son avaricia y egocentrismo o bien la llamada a algo mayor que nosotras.
Nos dejamos tocar por Dios cuando después de cada juicio y crítica frenamos un poco y reconocemos una cualidad en la otra. Y también su herida, y tanto que desconocemos del misterio que es.
La plenitud de Dios nos llena cuando paramos a tiempo las discusiones en que exigimos que reconozcan que tenemos razón. Buscamos la manera de expresar la verdad que sentimos en el corazón, y esperamos.
Jesús nos promete la alegría de mirarnos y de mirar a las demás más allá de los fracasos y flaquezas aparentes. Como lo hace Dios. Como una abuela, una madre o una tía que te ve como una joya, una flor o un ángel: las metáforas son variadas pero igual de sinceras.
Oración
Gracias, Dios Trinidad, por compartirte y enseñarnos la alegría de mirar como tú miras, de ser siempre en ti.

