Me pregunto por qué a veces nos cuesta tanto facilitarnos la vida los unos a los otros. Cosas tan sencillas como responder un mail, hacer una llamada, regalar una sonrisa, callar una palabra improcedente o contener un gesto inoportuno o una mirada desafortunada, pueden crear unos segundos de belleza, de bondad…
Nos puede la prisa, la maldita prisa que vuelve gris tantos momentos. Lo que podía haber sido una escucha atenta del comentario de una amiga, de una hermana de comunidad, de un huésped, la prisa lo transforma en desinterés por parte de quien escucha y en menosprecio para quien compartía.
Con prisa no se pueden sembrar tomates, se necesita concentración para no mezclar las variedades (hay reconocidas unas 22.000 en todo el mundo, nosotras sólo tenemos unas 30), para no hundir demasiado las semillas en la tierra, para no ahogarlas…
Tampoco se puede cuidar a los pollitos recién nacidos si tienes prisa. Bueno, si tienes prisa no puedes cuidar nada, ni recién nacido ni porras. Tampoco puedes atender con prisa a una persona mayor, sólo ganarás en frustración e irritación.
La prisa provoca sarpullido en el alma.
No se puede rezar con prisa.
No se puede avanzar por el camino de la interioridad si no estás dispuesta a dedicarle tiempo, el que se necesite, sin objetivos. No puedes decirte: “en 6 meses seré capaz de rezar 18 rosarios al día sin equivocarme”, o “para el mes que viene ya sabré sentarme en el banquito de meditación y dominar la técnica de silenciarse, respiración incluida”.
Que no, que las cosas, con prisa, no funcionan. Que cuanto más prisa le metes a la vida, más pronto se para ésta.
Yo ayer, con prisa, lavé unas servilletas de la hospedería y… me dejé un grifo abierto durante horas. Sólo caía un hilillo de agua pero llenó el cubo, éste se desbordó y se montó un pequeño lío.
Con prisa no se puede amar, ni perdonar, ni querer, ni escuchar, ni acariciar, ni mirar dentro de una o dentro de la otra. Tampoco se puede celebrar la fe, intentar comprender, leer, escuchar música o pintar, pasear…
La mañana no tiene urgencia en amanecer, tiene su momento. A la noche le sucede igual, no va corriendo para oscurecer el mundo cuanto antes, no, ¿para qué?, tiene su tiempo.
A lo mejor sí es bueno tener prisa realizar mucho de lo descrito más arriba: leer, amar, perdonar, pintar… Ese apremio ha de llevarnos a la disposición de que suceda todo eso, pero una vez preparado el cuerpo y equipada el alma, entonces que no haya prisa y que suceda todo a su tiempo.

