A las cinco de la mañana de este primer día de adviento, corría una brisa cálida que caldeaba todo lo que se ponía en su camino. La pared del monasterio expelía calor y una lechuza buscaba cobijo en el viejo pino que flanquea el camino de la huerta. A esas horas, el silencio todavía era el vencedor de la noche aunque ya había algún gallo despertando sueños y traiciones.
Ha comenzado el adviento así, con ese calor del viento sur y con esa calma del amanecer silencioso. En diciembre, el inesperado calor se hace realidad. Lo que no se espera, sucede, lo que se desea, no acontece. Sorpresa y aceptación
El adviento está muy vinculado a la intimidad, a la calidez y al sosiego, como este amanecer, también a la sorpresa y a la aceptación.
En comunidad queremos vivir “desde dentro” estas cuatro semanas. Más aún, hemos pensado que esa idea, la de vivir “desde dentro” puede acompañarnos también en navidad y en el ciclo de cuaresma-pascua.
Vivir desde dentro da para mucho, da para todo.
No es el adviento un tiempo para el esfuerzo, para la actividad. Tenemos la idea de que esperar, sencillamente, es para los mediocres, los asentados y conformistas. No creo que sea así. Esperar, sencillamente esperar, sin hacer nada, ¡sin hacer nada!, sin mirar el reloj, sencillamente confiando, es para gente de fe, para quienes intuyen que aterrizar no siempre es tocar suelo, sino hacerse tierra, hacerse humilde, frágil y necesitado.
En este momento que vivimos, cuesta más dejarse hacer que hacerse a uno mismo.
No entender, acoger lo que viene, hallar en el suceso la presencia de Dios, tranquila o turbadora. La Anunciación es el relato de lo aparentemente inasumible. Aparentemente.
No comprender, aceptar lo que llega, encontrar en lo acontecido la existencia serena o aguijoneadora de Dios.
El tiempo de adviento invita a buscar momentos tranquilos, unas veces estando solo y otras con alguien con quien se genere una conversación que salga desde dentro, en la que se ponga sobre la mesa la hondura de la vida, con sencillez.
“¿Cómo te plateas este adviento?” Me detengo y reflexiono. No lo sé, creo que buscando eso, intimidad, sosiego, volviendo a mirar mi nombre pronunciado por Dios, escuchando su cadencia, su tono afectuoso, percibiendo cómo me envuelve su sonido, cómo me invita a nacer de nuevo, a no dar por perdido tiempo alguno, a confiar en el futuro, confiar en lo que está sucediendo en mi corazón.
¿Quién espera a quién en el adviento?
A lo mejor es el momento de recoger algunas preguntas que Dios me ha hecho y que tengo en “borradores”.
“Desde dentro”. Es tan inmensamente grande lo de dentro que me cabe todo, sin llenarse nunca
Sólo hay una cosa pequeña que consigue llenarlo de golpe, sin que quede el más mínimo rincón sin ocupar. La promesa de que un niño recién parido será el centro de un nuevo mundo recién parido con él.
El amanecer va dando paso al día. La brisa cálida se ha enfriado. El monasterio va llenándose de pequeñas luces. El silencio está fragmentado en pasos, graznidos y mujidos.
La espera siempre da paso a la vida.

