Pensar que cuando te va mal en la vida Dios es responsable de ello, resulta un tanto infantil.
La vida tiene “autonomía” plena. Autonomía, no independencia. En el centro de esa vida habitamos cada uno de nosotros. Estamos vinculados a ella, no existe sin nosotros, sin cada ente en particular, único. No existimos sin ella.
La vida se va haciendo a base de nuestras opciones, las particulares y las globales, más ese tanto por ciento de autonomía. Además, también está Dios, que, como decía un amigo de la comunidad, “es la vida sucediendo”.
Dios no provoca lo que sucede, pero sí está en lo que sucede. Tenemos muuucha responsabilidad en cómo vivimos, una responsabilidad individual y una responsabilidad social.
“Elige la vida y vivirás”, dice el Deuteronomio. Esta misma idea la encontramos en numerosos textos del Antiguo Testamento. Dios no amenaza con la muerte, sólo nos indica que, según lo que elijas, será lo que suceda.
La voluntad de Dios no es que alguien a quien quieres tenga un cáncer incurable. No es voluntad de Dios que te quedes sin empleo, que tu matrimonio no vaya bien, que el proyecto en el que habías puesto tantas esperanzas no funcione. No, nada de eso es voluntad de Dios. No hagas caso si alguien te dice lo contrario. ¿Cómo va a ser voluntad de Dios tu dolor, tu tristeza, tu miedo o tu incertidumbre?
Lo que sí es voluntad de Dios, creo yo, es que, eso que te sucede, lo aproveches para encontrarte con Él. Que en eso que estás viviendo, puedas encontrar su voluntad, aquello que él desea para ti, que es bien, siempre bien.
Sólo podemos encontrarnos con el Señor en lo que nos sucede. Ahí hemos de leer, eso hemos de escuchar, con cada poro de nuestra piel. Escuchar con los oídos, con los ojos y con la lengua. Escuchar también con la nariz, olfateando como un cachorro lo que el viento nos trae.
Encontrar la voluntad de Dios en lo que nos sucede a veces requiere cierta finura espiritual que no siempre se da. Para eso está el tesón y la tozudez, para “arrancarle” a Dios más claridad en lo que nos cuenta, o que desparrame más confianza en nuestro corazón.
En esos minutos de la mañana que dedicamos a darnos cuenta de que vivimos y de que Dios es el vórtice de nuestra vida, o el bastón de nuestro caminar, en esos minutos renovemos un sencillo, pero comprometido, “hágase”.
Como decía Juan XXIII, “sólo por hoy” renuevo este compromiso que a veces quema.

