Si el domingo pasado nos colocaba el evangelio de lleno en el mundo de la ganadería con aquello del “buen pastor”, hoy nos coloca en la realidad de la agricultura, con la vid, los sarmientos, las podas y demás labores.
Esta mañana hemos empezado a arar la tierra para preparar la huerta. Vamos un poco tarde, no en exceso pero sí un poquito.
Trabajar en la huerta es una metáfora de la vida. La reja del arado se iba hundiendo en la tierra, quebrándola, asurcándola, y extrayendo de ella piedras y dolores. Es el primer paso, aceptar que el arado te rompa y te cambie la forma. Después vienen otros pasos, como el de pasar el “rotavátor” para que la tierra, tras la herida, esté más suelta, más amorosa, más permeable. Lo último ya es sembrar o plantar, y confiar que todo el proceso anterior ayude a conseguir fruto.
Hace un par de meses también estuvimos podando. ¡Otra metáfora del camino humano! Quitar las ramas innecesarias, saber cuáles son las apropiadas, arriesgarte, hacer el árbol más pequeño para que la fruta sea accesible, injertar cuando una variedad es pobre, abonar…
No se necesita explicación, basta con observar la naturaleza para descubrir que nos parecemos mucho. Debería ser obligatorio trabajar un tiempo en la agricultura para así aprender de los procesos, las paciencias y las desesperaciones, las confianzas y las aceptaciones.
Jesús nos habla de intimidad, de mantener la vida unida a su tronco. Permanecer, permanecer, ¡es tan difícil! Permanecer y saber esperar están relacionados. También confiar.
Pura agricultura.
Estás llamada a dar fruto, no lo olvides.
Un abrazo

