El Evangelio de Juan nos relata una escena llena de símbolos. La palabra símbolo significa algo que aúna, que comuniona. Su contrario sería la palabra diablo, que se refiere a algo que separa, que disgrega. El caos de la muerte de Jesús, el miedo, la desolación y el sinsentido se va convirtiendo en orden, comprensión y sentido.
Juan nos cuenta que María, la de Magdala, va sola al sepulcro, de madrugada. La piedra que tapa la tumba está movida, no hay cuerpo y ella interpreta que alguien lo ha robado. No se ha detenido en los detalles, sale corriendo hacia la comunidad para contar las novedades. Anuncia que ha desaparecido el cuerpo de Jesús.
En el evangelio de Juan nos encontramos con un personaje denominado «el discípulo amado». En diferentes ocasines aparece un discípulo, una persona que sigue a Jesús y cuya identidad es el amor que tiene por Jesús y que Jesús tiene por él.
Muchos estudiosos de la biblia deducen que esta persona somos tú y yo, y todas las personas que llevamos en el corazón el amor a Jesús. Con esta perspectiva podemos seguir leyendo el relato de este domingo. Seguramente nos permitirá adentrarnos en el texto, en la escena y en el hecho de la resurrección de una manera nueva. Nos sumergirá en en centro de la comunidad y en la contemplación de lo que acontece a nuestro alrededor.
Vio y creyó. Así temina el texto. Ver con una mirada nueva, que acoge, recibe, que se abre a lo que no se ve. Y creer con el corazón, más allá de los límites del entendimiento, comprender la resurrección.
Oración:
Es la luz,
el el aliento,
es la brisa,
es la belleza,
eres Tú, más allá, más acá….
Tú sabes que te quiero.

