Ayer, fiesta de la Santísima Trinidad, terminó el año de celebración de los cincuenta años de hospedería y cuarenta de escuela de oración en el monasterio.
Ha sido un año de sudaderas y cascabeles, de tomar conciencia del camino recorrido y de la realidad de hoy. Hemos mirado a la sociedad de hoy, a la Iglesia, a quienes nos acompañáis. También nos hemos ido dando cuenta de las posibilidades de la comunidad: nuestros límites, nuestra capacidad para escuchar y responder con la acogida y la oración que Dios nos pide hoy.
Como un sencillo cascabel, el «dar con alegría» de la Regla trinitaria nos ha confrontado durante el año con nuestros motivos y horizontes. ¿Qué ofrecemos? ¿Desde dónde? ¿Qué más, o qué menos, estamos llamadas a compartir? ¿Cómo abrirnos sin dispersarnos? ¿Cómo entregarnos sin quedarnos sin aire? ¿Dónde encontramos la paz, la alegría y la generosidad?
Ciertamente, nos quedan muchas preguntas para ir respondiendo con nuestro camino, desde nuestra vocación monástica trinitaria. En este mes de junio que estrenamos, de días largos y pueblos tranquilos, hacemos sitio dentro de nosotras para acoger a cada huésped que llegará.
La coordinación, el respeto y la confianza entre nosotras tejen el clima que nos permiten mirar con profundidad a cada huésped, encontrar en él o ella la riqueza con que Dios le bendice y bendice al mundo.
Mientras tanto, la calma de este lunes nos regala el recuerdo agradecido de las largas mesas de ayer, de la facilidad para sonreír y saludar. Tantas personas que sirvieron discretamente y con fidelidad. Tanto cariño y alegría en los que la comunidad se apoya y descansa…
Hoy seguimos dejándonos encontrar por ti, Dios Trinidad, en el silencio compartido con quien se acerca; en las miradas limpias, endurecidas o perdidas; en las heridas y pesos necesitados de escucha; en la novedad fresca de quien te busca por otros caminos. Hoy te contemplamos en tu acogida eterna de cada ser humano.

