En estos días el monasterio vibra con llamadas de teléfono y teclados respondiendo a los correos. Cada tarde se acercan al timbre nuevos rostros expectantes que van haciéndose familiares. Todos los rincones de la hospedería se van habitando de historias personales y experiencia de Dios.
Desde ahí seguimos nuestra reflexión sobre la acogida. En esta segunda entrada lo haremos a partir de un texto del filósofo Francesc Torralba.1
La hospitalidad es una forma de acogida. Consiste en una relación basada en unas prácticas y, sobre todo, unas actitudes. Quienes se relacionan son, por una parte, la persona, comunidad o familia anfitriona. Por otra parte, la persona o personas acogidas, las huéspedes.
La hospitalidad se da en una casa propia, un espacio privado que se abre al exterior. De este modo se produce una transgresión voluntaria de la intimidad, en que tanto la anfitriona como la huésped exponen su vulnerabilidad.
Por eso la relación entre ambas se basa en la confianza. Quien acoge se expone porque muestra su casa, su mundo, tal y como es, y ofrece lo que tiene. Quien entra a una casa ajena confía en que se le va a tratar de una manera digna y se le va a dar lo que necesita.
Que una casa sea hospitalaria depende de las actitudes que se viven en ella: el interés por la historia de la otra persona y por su universo simbólico, el respeto por su autonomía e intimidad, el dejarse penetrar por su realidad.
Por lo tanto, la acogida es lo opuesto a la indiferencia. Cuando se acoge se reconoce la dignidad y las necesidades de la otra. La actitud de la indiferencia, en cambio, la disuelve en el conjunto.
Tanto el ser anfitriona como huésped requiere un aprendizaje. Ambas deben respetar fundamentalmente la dignidad de la otra. Esto significa reconocer que cada persona tiene valor por sí misma, y no por la utilidad que nos puede reportar.
En el encuentro, anfitrión y huésped se transforman y configuran, ya que no se tratan mutuamente como una amenaza, sino como un misterio translúcido.
Desde esta pequeña comunidad, seguimos intentando vivir humildemente este misterio que Dios nos regala cada día del verano…
- Francesc Torralba, Sobre la hospitalidad (Madrid: PPC, 2003), 20-40. ↩︎

