Son las sonrisas las que producen calor. Es el sonido de la risa el crepitar del fuego que amansa algunos dolores. Hay un Anuncio que caldea los corazones de quienes, aun con todo, encontramos motivos para compartir una sonrisa.
Estos días antes de Navidad nos adentramos en la esperanza de los niños y niñas. En la esperanza inocente de los que sonríen con facilidad muchas veces al día. Y también en la de los que ya conocen el dolor y los sueños de una vida mejor. Abrazamos con nuestra oración a los niños y niñas que no son deseados. Acariciamos a los que no tienen unos brazos que los acojan ni conocen una voz que les haga perder cualquier miedo.
«Había unos pastores en la zona que velaban por turnos los rebaños a la intemperie. Un ángel del Señor se les presentó. La gloria del Señor los cercó de resplandor y ellos se aterrorizaron. El ángel les dijo:
—No temáis. Mirad, os doy una Buena Noticia, una gran alegría para todo el pueblo.» (Lc 2, 8-10)

