Durante el tiempo de Adviento, el monasterio se va llenando de belenes. Por diferentes lugares, desde el jardín de la entrada hasta el alféizar de una ventana de un pasillo. Con personajes de diferentes tamaños, desde unos pocos centímetros hasta casi un metro. Valiosos y humildes, regalados y construidos. Las hermanas los vamos sacando de las cajas donde han pasado el año y les preparamos su lugar. Algunos ya están listos con el comienzo del Adviento, otros no aparecerán hasta las últimas horas antes de Navidad. Todos, eso sí, con la cuna preparada para recibir al Niño en Nochebuena.
Uno de ellos es el que recibe más cuidados. Es el de la Iglesia, que expresa y alimenta nuestra oración y la de las personas que van a pasar por allí durante estas semanas. En este curso en que nos orienta el deseo de vivirlo todo desde dentro, también el belén de la Iglesia nace desde dentro: desde dentro de unas cajas que acogen diferentes realidades que pueblan nuestra tierra. Realidades que Dios habita y en las que pone esperanza de diferentes maneras.
Compartimos hoy el primer lugar de Adviento, el lugar de esperanza que nos acompaña esta semana. Son los corazones de tantas personas que caminan por el mundo por los caminos secundarios. Sin un pasaporte que les abra las fronteras ni una cartera que les permita sentarse en un avión o un tren y mirar por la ventanilla. Es la esperanza de mejorar la propia vida y la de las personas queridas.
Cómo no sonreír si vislumbro la promesa de una tierra nueva. Tras cruzar la alambrada que me separa de otro lugar, como un Mar Rojo bíblico, que cierra el paso a un futuro mejor, mi ser entero canta y corre hacia una nueva encarnación.
—Proclama mi alma la grandeza del Señor, mi espíritu festeja a Dios mi salvador,48 porque se ha fijado en la humildad de su esclava y en adelante me felicitarán todas las generaciones. (Lc 1, 46-48)

