En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura dio un salto de gozo en mi vientre (Lc 1,44).
Ya estamos en la última semana antes de la Navidad, y las lecturas nos llevan hacia los acontecimientos que precedieron al nacimiento de Jesús. Estos días escuchamos los anuncios del ángel Gabriel a Zacarías y a María; la visita de María a Isabel; el nacimiento de Juan…
El evangelio de hoy nos cuenta el encuentro entre María e Isabel. Son dos mujeres embarazadas por la promesa de Dios, llenas de esperanza para su vida y su pueblo, colmadas de agradecimiento y alegría por su Dios.
El texto nos quiere dejar claro que las personas de Jesús y de Juan el Bautista son incomparables. Isabel reconoce a su Señor en el vientre de su pariente, y el niño que ella lleva se alegra por su saludo. Isabel vive el mismo estremecimiento que nosotras cuando siente que Dios mismo se acerca a su pequeña vida. “¿Cómo es posible que la madre de mi Señor venga a visitarme?”
María e Isabel han vivido personalmente la experiencia de acoger la bendición de Dios, que no es algo abstracto, sino muy concreto: se hace realidad en el fruto que llevan en el vientre.
Es también la experiencia de saberse acogidas por Dios en su propia realidad. Dios ha acogido la vergüenza de Isabel por su esterilidad. Ha acogido también la pequeñez de María, como ella misma canta en el Magníficat.
Ahora comparten su experiencia en este encuentro gozoso, que se hace posible a partir de las palabras de bendición y de la apertura del oído. Las palabras y gestos de cercanía son capaces de llegar a la otra y son mensaje de Dios porque salen y se escuchan desde dentro.
Oración
Nos preparamos a tu venida, Señor, abriendo las entrañas, haciendo atento el oído, bendiciendo los encuentros. Ayúdanos a reconocerte en los frutos de nuestra vida. Amén.

