“¿Te basta para creer el haberte dicho que te vi debajo de la higuera? ¡Verás cosas mucho más grandes que esa!” (Jn 1,50)
En esta fiesta de san Bartolomé, uno del grupo de los Doce, la liturgia nos propone un texto del comienzo del evangelio de Juan. Los personajes que aparecen son Jesús, Felipe (otro de los Doce) y Natanael, que la tradición ha identificado con Bartolomé.
En este punto del evangelio todavía no está muy claro quién es Jesús. Por ahora, se va dejando ver y nombrar por algunas personas: esto es lo que hace el evangelio de hoy.
El texto nos invita a ver y a nombrar de una manera cada vez más profunda y personal. Al principio Felipe habla de Jesús como aquel de quien escribieron Moisés y los profetas, es decir, a partir de las definiciones de otros. Poco después, Natanael es capaz de exclamar desde dentro que Jesús es el Hijo de Dios, el Rey de Israel. Algo que a nosotras nos suena normalísimo, pero muy fuerte para los judíos de la época.
Lo que ha pasado en medio es que Jesús y Natanael se han mirado. En este ver profundo, todo ha cambiado: ya no hay ni miedos, ni sospechas, ni reservas, sino la acogida plena. Natanael se ha atrevido a ir a ver a Jesús siguiendo la invitación de Felipe, y Jesús lo ve debajo de la higuera y yendo hacia él. Sus miradas llevan a creer, y el creer, a nombrar. El texto acaba mostrándonos a Jesús como el Hijo del hombre, quien nos trae a Dios y nos lleva a Dios.
Nuestras miradas no siempre saben ver en profundidad, ni los nombres que damos a las realidades son capaces de explicarlas por completo. Pero poco a poco, mirando y dejándonos mirar, nombrando y dejándonos nombrar, podremos ir abrazando y comprendiendo a Dios, a las personas y a las situaciones. Al final del evangelio, Natanael verá y reconocerá a Jesús resucitado como “el Señor” (Jn 21,12).
Oración
Jesús, no nos dejes caer en la tentación de creer que tenemos imágenes y palabras definitivas sobre las demás. Ábrenos a la confianza de que podemos seguir comprendiendo y amando siempre.

