“Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24-36)
En esta fiesta de San Lorenzo, el Evangelio nos presenta a Jesús hablando con sus discípulos. Les está hablando de su camino de seguimiento, de su modo de vivir al estilo de Jesús.
Optar por vivir en el amor, en la honestidad, en la verdad, tiene como consecuencia, en ocasiones, dejar morir algo en cada uno, en cada una.
Cuando hablamos de dejar morir algo en nuestro interior, lo primero que nos viene a la mente es aquello que queremos eliminar de nuestras vidas, aquello que no nos gusta, que nos dificulta nuestra existencia. Pero parece que Jesús no se refiere a eso.
Jesús habla de un grano de trigo, de algo bueno, que tiene, en su esencia, la posibilidad de ser alimento tras germinar y crecer. La única oportunidad que tiene el grano de trigo de llevar a término toda su potencialidad es cayendo a tierra y muriendo.
Muchas veces, cuando utilizamos la palabra muerte, nos entran escalofríos y tratamos de cambiar de tema. ¿Cómo podremos cambiar esa connotación tan negativa? Quizás, presentándonos ante la muerte (la que todos viviremos al final de nuestras vidas, y las pequeñas de cada día) como una transformación, como un nuevo nacimiento, como una oportunidad de volver a empezar.
Un volver a empezar que surja del amor, que sea un reconocimiento de toda la bendición recibida, un agradecimiento a la esencia que somos, que Dios ha soplado en cada uno, en cada una de nosotras.
Morir para dar fruto. No el fruto que nuestros planes proyectan. Ni el fruto más bello o más sabroso. Tampoco el fruto que los demás esperan. Morir para dar fruto divino, para ser fruto de Dios para la humanidad.
Oración
Enséñanos, Trinidad Santa, a morir para dar fruto en Ti, siempre en Ti.

