Tercer domingo de Pascua. El 3 siempre nos viene bien (cuña publicitaria ). El 3 es el equilibrio, la mesura, y esto, en tiempos tan convulsos es muy necesario. También es el que rompe lo dual, el “toma y daca”, es la generosidad y la entrega.
Nuestras hermanas y hermanos ortodoxos celebran este día como el “Domingo de las Miróforas”, es decir, domingo dedicado a aquellas mujeres que en la mañana del primer día de la semana, fueron al sepulcro con perfumes y ungüentos que aromatizaban esperanza y amor.
La primera consecuencia de una resurrección aún no anunciada, no descubierta, fue el cuidado. Aquellas mujeres, valientes y empoderadas, decidieron que Jesús, el Maestro al que tanto habían escuchado y admirado, debía ser cuidado incluso en su muerte. Así, con la teología del cuidado hecha práctica, descubrieron que la vida era algo inevitable. Y se pusieron a contarlo, a narrarlo, aunque la historia haya ocultado sus voces.
“Palpadme”, dice el Cristo resucitado a sus discípulos y discípulas en el evangelio de hoy (Lc.24, 35-48), “palpadme y daos cuenta”. Hoy lo escuchamos igualmente. ¿Aquellas personas se atrevieron a tocar el cuerpo de Cristo? EL texto no lo dice, más bien insinúa que no, que Jesús les dio otro motivo para creer al pedirles algo para comer.
“Palpadme, tocadme”, escuchamos al Señor hoy también.
No es fácil reconocer a Cristo en algunos cuerpos, sobre todo aquellos que no entran dentro de los cánones de belleza que imperan en nuestra sociedad.
El cuerpo de Cristo también es la asamblea que se reúne en su nombre.
EL cuerpo de Cristo es el tuyo, el que miras a veces con sospecha. Cristo habita ese cuerpo, porque somos seres encarnados, porque Él mismo ha querido, y buscado, habitar ese lugar.
Hoy es un día estupendo para mirar con gratitud este cuerpo que cada una, cada uno, portamos y que es identidad. Míralo, reveréncialo como criatura salida de la mano original de Dios. Mira también con delicadeza y respeto el cuerpo de quien tienes al lado, de las personas con las que vives, en las que piensas. El cuerpo de alguien querido, por muy desmembrado que esté, siempre despierta ternura y afecto.
Un buen día para abrazar y agradecer, para “tocar y darnos cuenta” de que somos cuerpo de Cristo.

