plumas suesa

Martes y vida cotidiana

Un día tranquilo, un martes de la vida cotidiana.

Enero nos regala temperaturas primaverales. Es un lío, los árboles no saben qué hacer. La higuera del gallinero ya está brotando, creo que los higos de septiembre los comeremos en julio si esto sigue así. Las gallinas han empezado a poner más huevos de lo habitual en estas fechas. “York”, la más espabilada de todas, me mira sorprendida porque hace calor pero aún no hay hierba fresca en el corral. Relleno los comederos con pienso para que se entretengan mientras la hermana que está en la cocina vacía el cubo de los restos de la comida.

Repaso mentalmente lo que está sucediendo ahora en el monasterio. Nada importante y, sin embargo, todo es esencial.

Dos hermanas están trabajando en la carpintería. Desde hace varios días están enfrascadas en hacer nuevos banquitos de oración, es necesario renovar algunos. Estos son más elegantes, aunque eso no es importante para orar pero la armonía y la belleza sí son importantes para vivir.

Oigo el ruido de la lijadora, y otro que sale del taller de manualidades que no sé a qué corresponde, alguien está trabajando allí, posiblemente con los esmaltes.

Todo transcurre con serenidad.

Las gallinas picotean, y los gallos, engallados, sobre todo los más jóvenes, hinchan el pecho y pelean; a saber por qué.

El extractor de la cocina suena y llega cierto olorcillo a verdura cocida.

También la madera recién pulida huele.

Todo es de color verde hoy. Tras la lluvia de ayer ha rebrotado la esperanza. El depósito que recoge el agua del tejado del gallinero rebosa y una gota constante rellena el bebedero tras un golpecillo suave, un plop apenas perceptible.

No hay estorninos.

Una pareja de cuervos, posada en el ciruelo, espera a que me vaya para lanzarse sobre el reguero de maíz que he ido dejando por el prado.

Suena el porrazo de una azada sobre las piedras, alguna de las hermanas está limpiando en camino, o la zona de las rocas. Co-creadora con Dios en esto de inventar belleza.

El peral que está a mi izquierda se queja, el viento está inclinándolo en exceso. A los gatos les encanta trepar por él, son cobardes y saben que es pequeño y viejito.

Domingo y Jueves, los gatos, están entretenidos acicalándose. Jueves es más presumido, Domingo es perezoso hasta para peinarse los lomos.

Alguien descansa en su habitación, la edad lo permite y lo recomienda.

La puerta de acceso a la hospedería está abierta y es porque toca hacer un lavado de cara de las habitaciones que en un momento dado acogerán los sueños y los dolores de quienes vengáis a nuestra casa buscando sosiego, intimidad y presencia de Dios.

El cielo es azul, profundamente azul.

Este amanecer, cuando aún el sol era solo promesa, la luna campeaba casi redonda y voluptuosa, iluminando las piedras del camino.

Sé que otras hermanas están trabajando en el ordenador, aunque no las vea, pero más adelante se apreciará el esfuerzo. El tiempo lo cuenta todo.

Alguien estudia, casi puedo escuchar el bisbiseo de la lectura, la filosofía contemporánea requiere atención y un café.

Así transcurre la mañana, cotidiana y humilde, entrelazada con un latido que lo convierte todo en Verdad.

Como el salmista susurro: “me brota del corazón un poema bello, recito mis versos a un rey”.

Gratitud. Cotidiana gratitud.