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Confiar y soltar amarras

Qué difícil es confiar.

Madre mía.

Qué difícil es confiar, ceder la batuta.

Podemos hablar de la confianza en Dios, de cómo nos cuesta a todos (en general, siempre hay profetas y guías que nos ayudan y enseñan a soltar) asumir que no podemos llevar todo adelante solos, que ni tan siquiera nos corresponde hacerlo. Podríamos hablar de la confianza en los demás, en nosotros mismos…

Estos últimos días estamos leyendo textos evangélicos en la liturgia que nos hablan precisamente de la confianza, de la fe. Jesús realiza varios milagros apelando a la fe de sus interlocutores. No hace nada solo, los milagros son acciones que reafirman y solidifican la fe de aquellos en quienes repercute la curación o la acción extraordinaria.

El Maestro, que lo es, aprovecha los momentos de fragilidad para que dirijamos la mirada hacia nuestra capacidad de confiar en él.
¿Por qué tenéis miedo?, nos pregunta a la vez que se dirige a los discípulos aterrados por la tormenta, ¿no tenéis fe?

¿Tenemos fe? Sí, claro que sí, pero nos cuesta soltar el control, nos da miedo no que suceda lo que quiere Jesús sino que no suceda lo que queremos. Nos cuesta un poco creer que él sabe mejor que nosotros lo que es bueno, necesario y justo.

Al miedo le sumamos un pelín de soberbia y nos sale como resultado unas estupendas manos aferradas al timón de lo que sea.

La palabra mandar significa dejar en las manos del otro lo que antes estaba en las tuyas. Por eso mandar es tan difícil, porque significa poner tu confianza en que el otro va a hacerlo bien, o ni tan siquiera eso, sencillamente soltar, y desentenderse, cordialmente, de lo que ya no es tuyo.

Todo con mesura, ¿eh?, con el sano equilibrio de la razón y la emoción.

Tenemos tantos timones agarrados a las manos, tantas batutas, volantes, riendas y toda suerte de utensilios que, en realidad, nos limitan la vida.

Jesús aprovecha, sí, nuestra debilidad para animarnos a confiar más y mejor.

Qué difícil está siendo este tiempo de oración por la paz en Ucrania, en Gaza, al no ver resultados inmediatos, los resultados que queremos, que pensamos son los mejores, los más humanos. Aun con todo, nuestra oración humilde ha de seguir sembrando esperanza y fe, porque la oración hecha con fe siembra fe, aunque parezca extraño.

Comenzamos mañana ocho días de retiro comunitario. Son días de mayor silencio y soledad, cerramos también la liturgia, y procuramos que nuestro corazón se abra al soplo de la Ruaj. A veces no sucede nada, no salimos de estos días con la aureola más brillante, o levitando un palmo por encima del suelo, pero habremos sembrado fe.

Os tendremos presentes en estos días de retiro.

Rezad también por nosotras, que seamos permeables a la interpelación de Jesús.