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Movimiento que genera vida

Inevitablemente, el movimiento se desmuestra andando, y para tomar cualquier decisión en la vida es preciso desplazarse.

Menuda tontería, ¿verdad? Pues no, no lo es, para ir a un sitio es preciso abandonar aquel en el que se está. Lógicamente  hablamos desde la parte más física, esa necesidad de poner un pie delante del otro y caminar para llegar al sitio deseado, como de la parte más emocional, intelectual, afectiva, volitiva y como queráis llamarla.

Juan de Mata, el que más tarde sería fundador de la Orden Trinitaria, vivía muy cómodamente en París, con un status social considerado, con una buena reputación, una posición económica solvente; todo esto le permitía relacionarse con gente muy interesante a nivel político, cultural, religioso,…

Aun con eso, él sintió una invitación a vivir de otra manera, más concreta, quizás nueva, más comprometida.

Eso le lleva a desaparecer de la ciudad, a dejar todo y buscar un lugar en el que encontrar respuestas. Deja plantada toda su vida, su ya larga vida para comenzar a vivir algo nuevo, o, al menos, intentarlo. Y sin saber muy bien qué.

Imaginad los cotilleos de la ciudad de París… “¿Qué me cuentas?, ¿seguro?, ¿que el maestro en teología Juan se ha ido a…?, está loco, no si se veía venir»,…

Más atrás resuena ese “dejándolo todo, lo siguieron”. O “el que ama más a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí, el que ama a su hija o hijo más que a mí, no es digno de mí” (Mt 10, 37-38) … O también: “¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16, 26)

O el bellísimo texto de Jeremías (20, 7-18).

Me has seducido, Yahveh, y me dejé seducir; me has agarrado y me has podido.

He sido la irrisión cotidiana: todos me remedaban. Pues cada vez que hablo es para clamar: «¡Atropello!», y para gritar: «¡Expolio!». La palabra de Yahveh ha sido para mí oprobio y befa cotidiana. Yo decía: «No volveré a recordarlo, ni hablaré más en su Nombre».

Pero había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajaba por ahogarlo, no podía.

Maravillosa la pasión que le puede por dentro al profeta. Todo él arde, no puede decir que no, no puede mirar hacia otro lado, está absolutamente derrotado por amor.  Dios vence y Jeremías tiene que ponerse en movimiento, bien  a su pesar, salir de sí, de su comodidad, su miedo.

Salir de sí mismo, de su propio sueño.

Dice Bonhoeffer: Debemos persuadirnos de que nuestros sueños de comunidad humana, introducidos en la comunidad, son un auténtico peligro y deben ser destruidos so pena de muerte para la comunidad. Quien prefiere el propio sueño a la realidad se convierte en un destructor de la comunidad, por más honestas, serias y sinceras que sean sus intenciones personales.

Es inevitable el desplazamiento, el movimiento, para que surja una vida nueva. Si habláis con alguna amiga embarazada es de lo más divertido cuando te cuenta que, a medida que el feto crece, los órganos de la madre se van colocando donde pueden y como pueden, todo lo que sea para dejar espacio a eso nuevo que está sucediendo.

Somos hijas de madre hebrea. Eso significa que somos judías, que somos descendientes del pueblo de Israel. Suena raro, ¿eh? Israel es un pueblo en camino, siempre. Todo el AT nos habla de ese pueblo de deambula, que es expulsado de uno y otro territorio, o deportado,… En el NT nos encontramos con Jesús, peregrino, itinerante. Y las primeras comunidades surgen gracias a los desplazamientos de los primeros testigos.

Movimiento que genera vida, y vida en abundancia.

¿Qué se mueve en ti?