Testigos de la luz

Un cuento que nos acerca a la vida contemplativa…

Érase una vez un ave al que le encantaba volar. Tenía unos ojos grandes, porque le gustaba contemplar las cosas que veía con unas orejas un poco puntiagudas;  las usaba para escuchar atentamente lo que sucedía a su alrededor.

Un día, volando por el cielo divisó algo que brillaba de una forma extraña pero muy atrayente. Se acercó, lo observó con calma. Era un objeto muy particular.

¡Guau! ¿Cuándo había tenido una cosa como esa?! ¡Qué luz!

Se llenó de alegría. Cogió su pequeño gran tesoro y en seguida percibió que aquel hallazgo iba a cambiarle la vida. Empezó a sentirse más feliz, con más ganas de aprender, más capaz de volar largas distancias. En cuanto tenía ocasión se lo enseñaba a los demás, con todo orgullo, y la luz de su tesoro iluminaba a quienes se acercaban. Conoció otras aves que también habían encontrado un tesoro lleno de luz. Estaba en plena euforia.

Pero….un día, de pronto, al mirar sus patitas, vio que el extraño objeto estaba perdiendo el brillo. Ya no iluminaba como al principio. Comenzó a preocuparse seriamente. Sabía que su vida era mejor que antes, no quería volver atrás, intuía que tenía que buscar alguna solución para que su pequeño tesoro recobrase el brillo, la luz. No lo pensó demasiado, comenzó a buscar y a buscar, y a buscar,….

Empezó primero con soluciones más fáciles: que si un trapito, que si un poco de limpia-todo, que si una gotita de lejía,… Nada.

Después comenzó a buscar más lejos. Viajó por los alrededores buscando a alguien que le pudiese dar una pista de cómo arreglar su tesoro.

Hubo quien le sugirió que se olvidase de esa tontería y que hiciese las cosas como todo el mundo, cosas útiles, que realmente sirvieran, pero… no quería, porque, hemos de decir que, cabezota era un buen rato.

Otro le propuso guardarlo bajo la raíz de un árbol, quizás con el tiempo…

Nada le convencía.

Aquel tesoro le hacía libre y no estaba por la labor de perderlo.Le encantaba volar, mirar desde arriba, pero siempre de día, la noche le gustaba menos.

En una de esas búsquedas, después de haber estado hablando con una gaviota, que no le sacó de dudas, comenzó el camino de vuelta a casa. Sin darse cuenta se le echó la noche encima, y empezó a sentir miedo.  Se posó sobre un roble y se rascó la cabeza. Al levantar la pata, donde tenía sujeto su frágil tesoro, se dio cuenta de que éste comenzaba a brillar un poquito.

“¡Qué extraño!”, exclamó con recelo. Pero estaba claro, aquella cosa tenía cierto resplandor, nada exagerado, pero era un comienzo.
Pasaron varios días y el recuerdo de aquel momento le hizo atreverse a salir de nuevo. Cogió su tesoro y se adentró en la noche.  Era una hermosa noche de luna llena. Se posó sobre la rama de una encina y abrió bien los ojos para contemplar aquella enorme bola blanca. Enmudeció. Era como contemplar un Misterio que sobrecoge de admiración; que hacía la oscuridad más acogedora. No podía apartar su mirada de ella, sentía una atracción muy poderosa hacia aquella inmensidad. Cerró los ojos y se dejó acunar por la paz que le bañaba. Una enorme confianza le envolvió. Jamás pensó que la noche escondiera esa luz que emanaba un amor sin fin. Su tesoro brillaba casi con la misma luz que la de la luna, como si le perteneciera. Algo en su interior le impulsó a entregarlo, intuía que solo así encontraría las respuestas. No lo pensó más, desplegó sus alas y voló hacia ella depositando en el centro su tesoro.

Al acercarse a la luna pudo verse a sí misma.

Descubrió que estaba desnuda; y que no le importaba.

Descubrió que lo único que tenía lo había entregado; y que no le importaba.

Descubrió que era feliz; y eso sí que era importante.

Y también descubrió que era una búho, y que a su alrededor ha

bía otras como ella, felices como ella.  Le decían:

“No tienes que hacer nada, solo vivir en la sorpresa de la Luz.

Somos centinelas de la noche, velamos en la oscuridad,

gritamos en las grietas de la noche que siempre hay un camino hacia la claridad.

Somos testigos de la Luz”.