El no silencio de la primavera

primavera

El no silencio de la primavera

El no silencio de la primavera es ya palpable por nuestro monasterio. Aun antes de que amanezca, cuando solo se intuye la luz, ya hay algunos pajarillos madrugadores dejándose notar. Nuestro gallo ya hace tiempo que canta, y un joven gallo ensaya y ensaya pero se le quiebra el canto como buen adolescente…; está cambiando la voz.

A medida que avanza el día el bullicio primaveral es mucho más intenso. Las vacas que pastan en las fincas vecinas mugen, alguna descontrolada. Las gallinas cacarean a sus anchas, comunicando a quien desee prestar atención que ya han cumplido con su puesta diaria.

Se oyen perros, también los cuervos que descansan en  los postes de la luz, o en los plátanos cercanos, graznan como si les fuera la vida en ello.
Un grupo de gaviotas se regocija cobre la ría, ahora que la marea está baja, montando una gran algarabía porque encuentran alimento. Una bandada de patos, en formación de uve, cruza nuestro «espacio aéreo» buscando quién sabe qué.

La primavera en pleno apogeo, exultante, provocadora.

En las montañas apenas quedan rastros de nieve. Los prados están pujantes de hierba tierna, y muchos campos están ultimando su tierra, dispuestos a recibir semillas y plantas que serán después maíz, patatas, alubias, pepinos,…

Un bodegón en vivo, nada de naturaleza muerta, qué va, todo bien vivo, resucitado, pascual.

Los árboles comienzan a llenarse de hojas, y muchos, como los membrillos, ya están cargados de flores.

Sí, la primavera ha pasado por aquí y ha encendido la mecha de la vida, el espectáculo está a punto de eclosionar.

Tampoco la lluvia se pierde la invitación, y se explaya en millones de gotas que fecundan, fertilizan, alimentan, limpian,… La lluvia es de color verde.

En el no silencio de la primavera encontramos la palabra creadora de Dios que genera y regenera, que nos conduce a la vida nueva, a la nueva oportunidad.