Carta 2 _ Sábado Santo 2018

Carta 2 _ Sábado Santo 2018

Aquí, 31 de marzo de 2018

¡Hola de nuevo! ¿Cómo vas? ¿Estás aquí? ¡Enhorabuena! ¡Aquí está el Señor! ¿Ya lo sabes?

Bueno, comenzamos, como quedamos en la carta anterior, a desgranar para poder alimentarnos del grano, de la celebración de esta noche.

¿Recuerdas aquello que se creía en la Antigüedad (y muuuucho tiempo después) sobre cuatro elementos que sostenían el mundo? ¿Sabes cuáles eran? Venga, piensa un poco, recuerda tus años de colegio… ¡Eureka! ¡, el fuego, el aire, el agua y la tierra!

Aquella gente sabia creía que estos cuatro elementos constituían la esencia del universo. Todo estaba compuesto por ellos. Tenían más razón de la que creemos, ¿no?

En fin. Lo cierto es que lo que vamos a vivir esta noche nos recuerda un poco a aquella creencia. La Vigilia Pascual posee cuatro partes bien diferenciadas, cuatro partes que son las que la conforman, y que también son quienes nos conforman como discípul@s de Jesús, porque… no podemos olvidar que la celebración de esta noche es la más importante de año, que de ella nacen todas las demás: Navidad, Jueves Santo, Viernes Santo, tu bautismo, el cumpleaños de la abuela,… Ninguna celebración eucarística tiene sentido sin la de esta noche. Importante, ¿eh?

Pues eso, puestos a utilizar simbología en nuestra liturgia, puestos a echarle poesía y belleza podemos vivir esta celebración uniéndonos a todas las gentes de todas las épocas de la historia. Nuestra celebración será cósmica, universal, total.

Empezamos con lo primero que vamos a vivir, la parte de la Luz (fuego). En el origen era algo más sencillo, tan sencillo como que al caer el día los cristianos aclamaban a Cristo como el verdadero sol, el vencedor de las tinieblas. Lo hacían con el humilde gesto de encender una lámpara (vela-luz) antes de comenzar la celebración. Si era en la víspera de una fiesta el gesto se hacía con más solemnidad. Era lo que se llamaba el rito del lucernario y que se mantiene actualmente, sobre todo en la vida monástica.

Esta noche, un hermoso cirio, nuevo, es la primera luz que se enciende. ¡Cristo vive!, ¡ya no existe el final!, ¡Él es el final, la meta!, ¡nos ilumina!, ¡nos marca el camino!, como aquella columna de fuego que guiaba al pueblo de Israel por la noche durante su travesía por el desierto.

El fuego es importante. Da calor, da luz, purifica, genera confianza, intimidad, cercanía. Como Jesús, como el Maestro.

También hay gente que tiene luz en su mirada. Venga, recuerda a alguien, da gracias por compartir con ella. O personas que desprenden luz, las que llamamos “antidepresivas”, con un particular don para iluminarte la jornada y hacerte sonreír…

¿Alguna vez has vivido momentos de noche, de tiniebla? ¿Y hacia dónde miras en esos momentos? Jesús es la luz que alumbra, que aclara, es la posibilidad para poder ver el camino a seguir, o discernir el momento que estás viviendo.

El primer elemento que sostiene nuestra celebración es el fuego, sí, la luz.

La Luz que da a luz tu propia luz. ¿Un trabalenguas? ¡No, tu propia vida!

Te envío un caluroso (como el fuego) abrazo.

¡Hasta luego!