Domingo XXII del Tiempo Ordinario

Domingo XXII del Tiempo Ordinario

Impresiona este texto del Evangelio y mucho más si lo situamos en el contexto. Echemos la mirada hacia atrás, rebobinemos unos pasos y veamos la escena con más amplitud.

«Dichoso tú, Simón«… una bienaventuranza, …»porque esto te lo ha revelado mi Padre«. Simón, reconocido delante de los demás discípulos por su clarividencia, recibe una nueva identidad. Ahora es Pedro, roca. Y recibe una promesa, una profecía, » sobre esta Piedra construiré mi Iglesia, y el imperio de la muerte no la vencerá«. Pero, como nos suele pasar a los humanos, Pedro malinterpreta su identidad…. y se convierte en piedra de tropiezo. Se siente con la confianza suficiente como para llevar aparte a Jesús, y recriminarle. No quiere oír hablar de sufrimientos ni de muertes. .. ¡Dios nos libre! Pasamos de Pedro, la Roca, a Pedro , el tentador.

«Aléjate, Satanás».
«Quieres hacerme caer.»
«Piensas como los hombres, no como Dios.»

Vaya impacto que el Maestro te diga semejante cosa. Y este contraste da mucho que pensar, para meditar sobre la propia vida y las propias maneras de actuar y de interpretarnos.

¿Seré también piedra para la gente cercana? Llevada por mi miedo al sufrimiento, a la muerte, con mi mejor intención, ¿manipulo y malinterpreto los acontecimientos a mi gusto? ¿Vivo bloqueando o dejando fluir?

Y Jesús se vuelve a los discípulos. Ya no es una conversación privada entre Pedro y Él. E invita, no impone ni obliga, propone:

«Si alguien quiere seguirme…»

Seguir es un verbo de movimiento, indica dinamismo y vitalidad. Y la entrega relacionada con el seguimiento también. Una entrega que no es sometimiento ni  vasallaje, sino ofrenda y renuncia. Aunque no nos guste ni oír hablar de eso de la renuncia. ¡La identificamos con falta de libertad! Podemos ser piedra que hace tropezar o piedra sobre la que construir, sobre la que cimentar. Y Jesús nos lo dice claro, ponte detrás de mí, y renuncia a la tentación de controlarlo todo, de encuadrarlo todo según tus criterios. No enganches, suelta. No bloquees, fluye.

Oración.

Me cuesta renunciar a mi,

pero quiero ser ofrenda.

Me gusta cuando lo entiendo todo,

pero, en verdad, no sé nada…

Y sigo queriendo seguirte,

aunque no me gusta queme hables de cruz ni de muerte.

No renuncio a la palabra con la que lo transformas todo:

Hágase.