Primer Domingo de Cuaresma

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Primer Domingo de Cuaresma

 

“Luego el Espíritu llevó a Jesús al desierto para ser tentado por el diablo”.

Mt 4, 1-11

Así comienza el evangelio de hoy. Llegaremos a las tentaciones pero vamos a detenernos unos segundos en este comienzo. Pocas veces nos encontramos a Jesús como sujeto pasivo: no dice, no sana, no camina, no cruza a la otra orilla, no va, ni viene… es llevado. Y tan pasivo, que no protesta, no pone impedimentos, se entrega, se deja llevar y de esta manera, se deja hacer por el Espíritu.

Podemos dar un paso más y ahondar en la entrega de Jesús, en ese dejarse llevar. Si vamos más lejos de la simple acción de ser llevado, en esta ocasión desde la zona del Jordán donde acaba de ser bautizado al desierto, nos encontramos con que permanece en el desierto, en la soledad, en el silencio. Permanece, no importa el número de días, pero no huye de sus ruidos internos, de su miedo; no se engancha al ipod, móvil, tablet, ni a nada de su época que le anestesie la consciencia y disfrace la realidad. Permanece, a pesar de todo, a pesar de sí mismo… dejándose hacer.

Con el paso de los días y lejos de las distracciones exteriores, es ahí, en la quietud del desierto, de su desierto, en medio de la nada, en su noche cuando le asaltan los temores y la voz de su ego: “si eres hijo de Dios…”.

Claro que lo es. Es Hijo de Dios, y además, Amado. Sentir esa certeza en lo más profundo de su ser es lo que le hace permanecer en la soledad del desierto, en la nada. Y sin embargo, esa misma permanencia le agudiza la escucha de la Palabra llenándole de confianza y seguridad, agarrándose a ella una y otra vez: “está escrito…”. Mira cara a cara a sus ruidos, “conversa” con ellos y les pone nombre: Satanás. Como ve que no le aportan nada bueno les pide que se vayan: “Retírate, Satanás”. Y el diablo lo dejó, dice el texto.

Nos cuesta mucho. Nos cuesta la Cuaresma, el ayuno, el silencio con minúsculas, nuestros ruidos, revisarnos (ay, cuánto más fácil revisar a las demás). Reconozcamos que, sí, eso, que lo que nos ocurre es que nos costamos nosotras mismas, que hay días en los que nos cansan nuestras “cadaunadas”.

¿Qué pasaría si nos dejamos llevar al desierto? ¿si en el Silencio miramos nuestros ruidos y les ponemos nombre? ¿Qué pasaría si les decimos “retírate, Satanás”? ¿Qué pasaría si… en definitiva, nos dejamos hacer? Complicada y costosa tarea la que nos pone delante este comienzo de Cuaresma. A por ella. Nosotras también somos Hijas de Dios, además, Amadas… y encima, lo sabemos.

Oración

Padre nuestro, susúrranos tu Palabra Creadora, tu Palabra de vida eterna.

Jesús de Nazaret, tú eres nuestro Maestro, deseamos dejarnos hacer.

Espíritu Santo, llévanos al desierto, llévanos al Silencio.

Trinidad Santa, en vos confiamos. Amén.