Meditaba yo para entenderlo, pero me resultaba muy difícil

NAvidad Suesa

Meditaba yo para entenderlo, pero me resultaba muy difícil

Más que difícil, dificilísimo. Esta frase del salmo 73 es aplicable a cualquier aspecto de la fe. Sobre todo si nos empeñamos en meter la cabezota en los asuntos del corazón.

Quizás alguien lo haya entendido pero a mí me echa humo la cabeza cuando intento comprender el misterio de Dios ¿cómo es eso de un Dios hecho ser humano?, ¿cómo un Dios frágil, sometido al espacio y al tiempo?, ¿cómo un Dios que se deja matar y que luego resucita? nada, ya tengo el cerebro como una lavadora vieja. En cambio el corazón campa a sus anchas entre esas disquisiciones: «que no, que no te empeñes, que esto no es competencia tuya, que entra dentro de mi especialidad, de la sección de cardio no de neuro».

Resulta que todo esto «no es más» que una historia del corazón, y, claro, ahí (lo sabe cualquiera) no sirve para mucho la lógica de la mente.

Todos, o casi todos, tenemos un amigo o amiga, primo o prima, alguien cercano que se ha enamorado de su media naranja. Oye, por más que lo miras, por más que le echas ganas al asunto lo que ves en la media naranja de tu amiga es una especie de boniato insípido y poco decorativo: «¡pero cómo es posible que N se haya enamorado de esa manera de R». Difícil de entender con la cabeza, porque es un asunto del corazón.

No nos empeñemos en entender lo de Dios. Estamos invitados a creer.

Si vibra tu corazón, si percibes cierta inclinación «cordial» (de «cordis», corazón) hacia este Misterio, avanza por ese camino.
El corazón tiene razones que la razón no entiende, ¿no? Pues eso, difícil sí, imposible no.

¿La solución al enigma?

Enamorarse.

Nuestra felicitación aquí.