Cada mañana, Señor…

cada mañana Suesa

Cada mañana, Señor…

Cada mañana, Señor, lucho con la pereza. Como en toda lucha unas veces salgo vencida y otras, vencedora. Solo esas veces recibo la mejor recompensa al detenerme ante ti unos segundos.

La única luz la del día que va despertando y la llama inquieta de la vela que indica tu presencia. Presencia abrumadora, que puedo palpar, presencia a lo Dios. Y nos envuelve la intimidad del amanecer, el silencio inmenso que sostiene el Padre, unos días con el sonido del mar, otros de la lluvia o del viento, con el canto de los pájaros… pero siempre sostenido con la oración, la confianza, las dudas, las lágrimas, el miedo, el agradecimiento, el sufrimiento y la alabanza de quienes a lo largo del día te buscan en ese mismo lugar y se detienen a descansar su corazón en ti.

Es entonces, Jesús de Nazaret, cuando veo cómo mis dedos se deslizan lentamente por tu cruz, primero de arriba abajo, después de izquierda a derecha. Mis labios apenas se atreven a susurrar esas tres palabras que mi corazón clama: te quiero, Señor. Y en ese momento, tras un escalofrío, me invade un profundo respeto y admiración por los cristianos que sufren persecución por creer en ti, por quererte, por pronunciar tu nombre. Hombres y mujeres que ven como queman sus iglesias, sus hogares marcados con la letra nun, que están en la cárcel esperando la muerte, torturados, crucificados, que ven como degüellan a sus hijos. Cristianos que se mantienen fieles a tu nombre a pesar de todo, y solo quieren que pensemos en ellos cuando estamos ante ti. En esa admiración profunda se me abre un interrogante ¿qué haría yo en su lugar?, y cada mañana, Señor, respondo pidiéndote que aumentes mi fe y que fortalezcas mis pasos.

El tiempo no es eterno y ese silencio e intimidad que nos envuelven se ven interrumpidos como se rompe una pompa de jabón, por los pasos de alguna hermana o por los huéspedes que madrugan por ti, que buscan encontrarse contigo al amanecer.

 

Te entregas a mí por entero como la mejor recompensa, Señor Jesús, cada mañana que logro arrebatar unos segundos a la pereza.