Domingo XVII del Tiempo Ordinario

Domingo XVII del Tiempo Ordinario

Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.»

Lc 11,1

Lo habitual en la vida de Jesús es orar,  los textos hacen referencia a su oración muchas veces, tiene importancia. En esta ocasión Jesús no está solo, cerca de él están sus discípulos, que oran con él, o al menos observan al Maestro en una actitud que cautiva el corazón de quien está cerca. Jesús ora con frecuencia, y se deja ver orando, no se esconde, el testimonio creíble del poder de la oración, y despierta el deseo de Dios en los corazones que lo ven: «Enséñanos a orar».

Son ellos, sus discípulos, quienes toman la iniciativa, de quienes sale la propuesta… Esto no deja de ser un reto para nosotras, monjas, y para todas las personas que llevan en el corazón la Buena Noticia y desean cantarla a quienes están a su lado. A veces, nos perdemos en fórmulas y teorías que no despiertan ningún deseo en quienes nos miran; y eso que los textos de nuestra tradición ya nos dicen que «la letra mata y el Espíritu da vida». (2 Cor. 3,6). Hace poco una amiga me contaba que su hijo lloraba porque no se sabía las oraciones de la catequesis y el cura no le iba a dejar hacer la comunión. ¿Habrá comulgado con un corazón abierto a Dios o una cabeza llena de fórmulas, como si la catequesis fuera un lugar para memorizar? No imaginamos a Jesús haciendo exámenes a sus discípulos sobre el Padre Nuestro…. más bien al contrario, ayudando a que en ellos despertase el deseo de Dios.

Estamos viviendo tiempos convulsos, violentos, agresivos. Duele vernos tan perdidos, tan rapaces, tan devoradores. Indigna verse tan manipulada por las noticias, donde nos presentan buenos buenísimos y malos malísimos, como en las películas de indios y vaqueros. Como si nos existieran las personas que trabajan por la paz, que oran por la paz, que encuentran en la religión la consistencia de la vida. Como si no fueran muchos más quienes mueren fieles a Dios que quienes matan por un pseudodios. Y en este tsunami la gente busca, y busca con deseo de algo más profundo, y aparecen los guías espirituales, gurús, chamanes…

¿Y en la Iglesia? ¿Dónde están las maestros de oración que tanto estamos necesitando? Esos que despiertan el deseo de Dios, como lo hace Jesús.

El Papa escribe a las monjas: «Vivid (….) contribuyendo a que Cristo nazca y crezca en el corazón de las gentes sedientas, aunque a menudo de manera inconsciente, de Aquel que es camino, verdad y vida.» (cfr. Vultum Dei nº.37). El reto está en mostrarnos, en dejarnos ver orando, con hondura, sencillamente, sin fórmulas vacías, con espontaneidad y sobre todo, sobre todo, con profunda confianza. Y Cristo nacerá en los corazones sedientos, nacerá y crecerá con raíces hondas, libres, fuertes.

¿Cómo, dónde, cuando? No tenemos respuestas, ni teorías, solo deseo, un profundo deseo de relacionarnos con Dios, Abba, como Jesús lo hace, de sumergirnos en la relación amorosa de la Trinidad. Para ello ya nos lo dice Jesús, ¡pidamos el Espíritu a nuestro Padre!

Derrama tu Espíritu Abba, en nuestros corazones,

en el corazón de tu Iglesia

tu Espíritu que todo lo hace nuevo.