Domingo XII del Tiempo Ordinario

Orando

Domingo XII del Tiempo Ordinario

Y  tú, ¿quién dices que soy yo?

Jesús estaba orando a solas y sus discípulos se le acercaron… y les dijo: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»

Tenemos ante nuestros ojos una  bella imagen de Jesús: está orando a solas.

(Lee el texto de Lucas despacio, silenciosamente).Lc. 9,18-24

Creo que es un buen momento para acercarte en silencio a Jesús. Él está orando…, déjate enseñar por Él, mírale confiadamente y susúrrale al oído: “Maestro, enséñame a orar…”

Cierra los ojos y colócate en un ángulo de la escena que acabas de leer, de modo que puedas visibilizar lo que está ocurriendo y a lo que te acercas con sigilo, como de puntillas.

Jesús orando a solas: ¡qué buen momento! ¡Aprovéchalo! Es una buena manera de poder sintonizar con Él. Invoca su Espíritu y deja que te acompañe, te ayude; vuelve tu corazón una y otra vez a ese Jesús que está orando contigo.

Impresiona  ver a Jesús orando; está entregado a su relación con el Padre, con esa intimidad, con ese amor que se hace presente en el Espíritu Santo que le habita y le sostiene en la misión del Reino, el Espíritu que  le une con su Padre.

También los discípulos le están contemplando y se acercan al Maestro…, no le hablan, permanecen en silencio, le miran y te invitan, a ti y a mí, a hacer lo mismo… (calla y contempla).

Y es Jesús quien toma la palabra, quien rompe el silencio…, y les pregunta ¿quién dice la gente que soy yo?…, Jesús escucha la respuesta de los discípulos.

Pero no le vale, no es suficiente y los quiere involucrar y los mete en este “encuentro vivo” con Él. Les lanza una nueva pregunta más profunda, más comprometida: “y vosotros ¿quién decís que soy yo?”.

Hoy, esta pregunta te la hace a ti: tú ¿quién dices que soy yo?.

Esta pregunta no la respondas a la ligera o con ideas preconcebidas. Acógela en tu corazón. Haz espacio de silencio para ser consciente de lo que vas a responder al Maestro. (silencio, silencio, silencio).

Responde desde el corazón.

Deja que tu corazón hable, no le paralices.

Pedro respondió: El Mesías de Dios.

Tú, responde con amor.

La pregunta que Jesús les ha hecho lleva también una petición: “les prohibió terminantemente que se lo dijeran a nadie”.

Lo íntimo, lo verdadero, lo que da vida a nuestra fe se guarda en lo secreto del corazón. Y, es ahí donde crece, en ese silencio vivo, en esa profundidad, donde solo moras tú y el Espíritu de Jesús, la relación  ‘única’  que se establece entre Dios y tu.

Y más adelante, Jesús da la respuesta a esa petición, a esa pregunta, les plantea el seguimiento, el discipulado:

“quien quiera venir en pos de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, ése la salvará” (Lc 9,23-24)

Jesús les propone algo desconcertante, sí, pero precioso, algo que engloba la vida. Ser cristiana/o no es una teoría, tampoco unas leyes. Ser cristiana/o es vivir del evangelio, es un modo de vivir, no es algo que me pongo encima, algo exterior para cumplir, es la vida, el pensamiento traspasado por el amor, la bondad, la entrega.

Hoy, a ti, te invita a descubrir que el Reino de Dios te pertenece y te pide que lo hagas presente en este mundo.

¡Oh Dios, tú eres mi Dios, desde el alba te deseo;

estoy sediento de ti, por ti desfallezco,

como tierra reseca, agostada, sin agua.

Tu amor vale más que la vida,

te alabarán mis labios;

te bendeciré mientras viva,

te invocaré alzando mis manos.

En mi lecho me acuerdo de ti,

en ti medito en mis vigilias

porque tú has sido mi ayuda,

y a la sombra de tus alas canto de júbilo.

Estoy unido a ti, tu diestra me sostiene (Salmo 62)