Sábado santo (sexta carta)

Sábado santo (sexta carta)

¡Buenas tardes!

¿Ya has comido? Espero que sí porque si no a estas alturas tendrás la glucosa por los suelos. ¿Qué tal te está resultando el día? Parece mentira pero ya estamos en la sexta carta, casi terminando nuestro paseo.

Seguimos en el exilio, con el pueblo de Israel lejos de su tierra, intentando mantener su cultura en un lugar extraño. Y no están muy animados que se diga. Dios había prometido una gran descendencia a Abrahán, se había revelado como un enamorado, con un Amor eterno… pero como que no lo ven. Y mucho menos en estas circunstancias. ¡Ay, la libertad! Ya te dije que nos cuesta ser libres. Hay quien reniega de Dios por creer que es como un gran ojo que está controlando todo lo que haces… ¡Una pena tener esa imagen de Dios! Al contrario, nunca te obligará, eso sí, puede seducir tu corazón, pero tú has de dejarte seducir. Lo que pasa es que a veces nos dejamos seducir por lo que nos dispersa y no lleva por caminos sin salida… Algo así le había pasado a los israelitas. Pero Dios, enamorado como está, ya dijo que no volvería a darnos la espalda, así que envía a su profeta Baruc para decirnos:

Escucha, Israel,
los mandamientos que dan vida.
Pon atención para aprender a discernir.
¿Por qué, Israel, te encuentras en país enemigo,
envejeces en tierra extranjera,
te has contaminado con los muertos
y estás entre los que bajan al abismo?
Abandonaste la fuente de la sabiduría.
Si hubieras seguido el camino de Dios, vivirías en paz para siempre.
Aprende dónde está el discernimiento,
dónde la fuerza, dónde la inteligencia,
dónde la vida prolongada, dónde la luz para los ojos y la paz.
Pero ¿quién ha encontrado su lugar,
quién ha penetrado en sus tesoros?
Sólo aquél que todo lo sabe, la conoce;
sólo él la escrutó con su inteligencia.
Aquél que asentó la tierra para siempre
y la pobló de animales cuadrúpedos;
él manda a la luz y ella hace caso, la llama y temblando le obedece.
Brillan los astros y se alegran en su puesto de guardia;
él los llama y responden:
“Aquí estamos” y brillan alegres para su creador.
Éste es nuestro Dios,
ningún otro cuenta al lado de él.
Él penetró los caminos de la sabiduría
y se los enseñó a Jacob, su siervo, a Israel, su preferido.
Después apareció la sabiduría sobre la tierra,
y convivió con los hombres.
Ella es el libro de los mandatos de Dios,
la ley que subsiste eternamente;
todos los que la guardan, tendrán vida,
los que la abandonan, morirán.
Vuélvete, Jacob, y abrázala, camina al resplandor de su luz.
No cedas a otro su gloria,
ni tus privilegios a nación extranjera.
Dichosos nosotros, Israel, porque se nos ha revelado
lo que agrada al Señor.(Ba. 3,9-15. 32-4,4)

¿Hace cuánto que nos has dedicado tu valioso tiempo a contemplar sencillamente una noche estrellada? Es todo un espectáculo, es como contemplar el Misterio de la Creación. En esos momentos es fácil imaginarse a las estrellas, como dice el texto, brillando alegres para su Creador. ¡Qué poético… y qué real! Me refiero a real en comparación con las luces de neón que suelen cegarnos para bombardearnos con sus seducciones. Pero cuando alguien ha descubierto la luz real, la de verdad, ¿cómo ceder a las otras lucecitas su protagonismo? El texto acaba con una bienaventuranza, ¿te has dado cuenta? ¡Dichosos nosotros! ¡Y tanto! ¿Cómo no sentirte una criatura bendecida cuando has descubierto dónde está la fuerza, la inteligencia, la vida prolongada, en paz, la luz para los ojos?

Me gustaría invitarte a “religionar” tu vida, la vida. Bueno, vale,  la palabra “religionar” me la acabo de inventar, viene de religión. Etimológicamente, religión tiene tres raíces distintas pero similares: releyere (releer), religare (religar) y reeligiere (reelegir). Sí, ya sé que la palabra religión está muy poco de moda. Por alguna razón suena a “códigodenormasaseguiralpiedelaletra”. Pero no es así. Religión, “religionar”, tiene que ver con el discernimiento del que habla este texto. Con releer tu propia vida, y la vida de la humanidad a la luz de la presencia de Dios, el Creador, descubrir que el Amor de Dios va uniendo, como un hilo conductor, o como el cemento, todos los acontecimientos de la vida, y me refiero a los bonitos y también a los duros y complicados. Y por fin reelegir la vida al ritmo del latir de Dios, comprometerse con sabiduría de la mano de tu Dios.

Cuenta el Evangelio de Lucas que Jesús iba un día por el camino y: “Cuando se acercaba a Jericó, un ciego estaba sentado junto al camino pidiendo limosna.  Al oír que pasaba la gente, preguntó qué sucedía. Le dijeron que pasaba Jesús de Nazaret.  Él gritó: -¡Jesús, Hijo de David, compadécete de mí! Los que iban delante lo reprendían para que callase. Pero él gritaba más fuerte: -Hijo de David, compadécete de mí.  Jesús se detuvo y mandó que se lo acercasen. Cuando lo tuvo cerca, le preguntó: -¿Qué quieres que te haga? Contestó: -Señor, que recobre la vista. Jesús le dijo: -Recobra la vista, tu fe te ha salvado. Al instante recobró la vista y le seguía glorificando a Dios; y el pueblo, al verlo, alababa a Dios. (Lc 18, 35-41)

Esta vez me despido con una bendición que escuché hace poco y me encantó, en chocante y un desafío:

Que Dios te bendiga con la INCOMODIDAD,
frente a las respuestas fáciles, las medias verdades, las relaciones superficiales,
para que seas capaz de profundizar dentro de tu corazón.
Que Dios te bendiga con la IRA,
frente a la injusticia, la opresión y la explotación de la gente,
para que puedas trabajar por la justicia, la libertad y la paz.
Que Dios te bendiga con LÁGRIMAS,
para derramarlas por aquellos que sufren el dolor, el rechazo, el hambre y la guerra,
para que seas capaz de estar a su lado,
reconfortándolos y convertir su dolor en alegría.
Que Dios te bendiga con suficiente LOCURA,
para creer que Él puede hacer diferente este mundo con tu pobreza,
para que creas que Dios puede lo que otros proclaman imposible.
Que Dios te bendiga con la NOCHE,
para que tus ojos se abran a una luz mayor, a una verdad por descubrir,
para que te haga entrar en comunión con la noche de los que ahora no ven,
para que descubras una mirada que siempre ha estado y siempre estará.
Que Dios te bendiga con la SOLEDAD Y EL ABANDONO de todos,
para que empieces por fin a darte cuenta de quiénes son y de quién eres tú,
para que te descubras en tu desnuda verdad y aprendas a AMAR.
Que Dios te bendiga con el CANSANCIO,
para que, por fin, descanses de ti mismo y de lograr,
para que aprendas a respirar, a estrenar, para que Dios descanse en ti y contigo.
Que Dios te bendiga con la POBREZA, la DESNUDEZ y el VACÍO que te asusta,
para que gustes la verdadera riqueza, el don inapreciable,
y te dejes arropar y evangelizar por los pobres,
Señor, bendíceme, bendícenos a todos, nuestras hermanas y hermanos, con lo que tú
sabes más necesitamos, con lo que tú más necesitas, COMO A TI TE DÉ LA GANA…

¡Un abrazo en la Luz que pronto celebraremos!

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