Sábado santo (cuarta carta)

Sábado santo (cuarta carta)

Hola,

ya estamos en la mitad de nuestra ruta, ¿qué tal vas? ¿Respiras más hondo? Es interesante esto de la libertad, ¿verdad? Vivimos en una rueda tan esclavizante que como te salgas te conviertes en un pecador, ¡pero un pecador civil! ¡ja, ja, ja!

 Cuando leo la historia del pueblo atravesando las aguas para salvarse del ejército del faraón no puedo, ni quiero, evitar pensar en tantas personas que atraviesan las aguas para llegar a un lugar en paz. Me quedo pensando en qué hubiese sido de nosotros si a nuestros hermanos en la fe, aquellos israelitas, les hubiesen devuelto de nuevo al otro lado… Claro que hay una gran diferencia porque el texto de Moisés no es un texto histórico tal y como nosotros lo entendemos. Por eso la diferencia es grande, es enorme.

Y es que esto tiene mucho que ver con el siguiente texto que te propongo. El pueblo de Israel ahora está exiliado, lejos de su tierra, y se siente tremendamente desorientado y clama a su Dios. Es entonces cuando el profeta Isaías recibe la Palabra de Dios y dice:

Tu esposo es tu Creador,
su nombre es el Señor todopoderoso;
tu libertador es el Santo de Israel
se llama Dios de toda la tierra-.
El Señor te vuelve a llamar
como a mujer abandonada y abatida.
¿Podrá ser repudiada la esposa de tu juventud?
Esto dice tu Dios:
por un breve instante te abandoné,
pero ahora te acojo con inmenso cariño.
En un arrebato de ira  te oculté mi rostro por un momento,
pero mi amor por ti es eterno, dice el Señor, tu libertador-.
Me sucede como en tiempos de Noé,
cuando juré que las aguas del diluvio
no volverían a anegar la tierra;
ahora juro no volver a airarme contra ti,
ni amenazarte nunca más.
Aunque los montes cambien de lugar,
y se desmoronen las colinas, no cambiará mi amor por ti,
ni se desmoronará mi alianza de paz,
dice el Señor, que está enamorado de ti.
¡Ciudad desdichada y zarandeada a quien nadie consuela!
Voy a poner tus cimientos sobre malaquita,
y tus bases sobre zafiro;
haré de rubís tus almenas, tus puertas de diamantes,
y de piedras preciosas toda tu muralla.
A tus hijos los instruirá el Señor, gozarán de gran prosperidad.
Estarás completamente a salvo, libre de opresión y de temor,
ningún terror te inquietará. (Is. 54, 5-14)

¡Uf! Este texto es tremendo. ¿Has leído bien? ¡Enamorado de ti! ¡Un Dios enamorado! ¡Qué hermosura! Mira por donde que me ha dado por pensar que a Dios nunca lo representamos con ojos de enamorado. Las imágenes de la Trinidad suelen representarlo como un Dios enfadado, y vale, el texto admite que tuvo su arrebato de ira, pero ¿y lo que nos viene a decir? “mi amor por ti es eterno”.

Dios nos nos ha creado para olvidarse de nosotros, de ti. No se muestra como Dios de vivos para olvidarse de nosotros, no nos da la libertad para zafarse de nosotros. No. Dios nos ama, nos quiere, con un amor eterno, no un amor sensiblero o pasajero. Nada podrá cambiar su amor por nosotros. Y cómo no, me vienen a la memoria escenas en las que Jesús sorprende a todos, seguidores y detractores, con su actitud amorosa. Cuando le llevan una mujer sorprendida en adulterio, cuando se encuentra con la mujer encorvada, la que tenía hemorragias y estaba por tanto “contaminada”, cuando toca a los leprosos… ¡Tanto amor que transforma el mundo! ¡Tanto amor que Dios nos propone también para con nuestros hermanos!

Con esta noticia todo cambia, ¿no? ¡Todo! ¿De qué tener miedo? ¿De qué defenderse? ¿De qué huir si es Dios Quien está enamorado de tí?

Lee y vuelve a leer el texto una y otra vez hasta que se impregne todo tu ser de él, hasta que todas las excusas desaparezcan ante la certeza del Amor de Dios derramado en ti…

Te dejo con este bello poema:

Cuando me llamas
por mi nombre,
ninguna otra criatura
vuelve hacia ti
su rostro
en todo el universo.
Cuando te llamo
por tu nombre,
no confundes mi acento
con ninguna otra criatura
en todo el universo.

¡ Un abrazo enamorado!