IV Domingo de Cuaresma

IV Domingo de Cuaresma

El relato que nos propone la Iglesia en este IV Domingo de Cuaresma comienza de una forma llamativa. Jesús está comiendo con gente de mala fama, personas no acogidas en la sociedad, tampoco en las celebraciones de fe. Evidentemente, como pasa en todas las culturas, relacionarse con gente de mala fama «contamina» a Jesús, hace que ya no sea tan perfecto a los ojos de la mayoría. Pero no se deja atar por «el qué dirán» sino que actúa de una forma libre, la libertad de los hijos de Dios.

Para iluminar su actitud ante las críticas cuenta una parábola que hemos oído muchas veces, lo cual hace que no escuchemos con atención. Pero tal vez nos ayude escucharla, meditarla y orarla una vez más, porque tiene «mucha miga».

Si después de leer el texto varias veces comenzamos a analizarla las palabras que más destacan, fácilmente encontramos que la palabra «padre» aparece doce veces, y la palabra «hijo», nueve veces. Podemos quedarnos con lo que ya sabemos, es una parábola que habla del hijo y del padre, o mejor, del padre y de sus hijos. Pero la vida tiene más dimensiones. Al igual que la cruz tiene dos maderos, uno vertical- la relación con la divinidad- y otro horizontal – la relación con mis semejantes-, este relato también habla de la relación horizontal, no solo de nuestro Dios como un Padre que nos espera, abraza, busca y sale a nuestro encuentro. Aunque solo sea porque llama la atención que la palabra «hermano» aparece solo 2 veces; y además nunca en boca de uno de los hermanos. Siempre aparece como un recordatorio «el hermano tuyo».

Y es cierto, ni el hermano menor espera a abrazar al mayor antes de la fiesta, ni el mayor quiere acoger al menor. Aquí es donde podemos ponernos a meditar y contemplar esto en nuestra propia vida, en nuestras propias relaciones.

Dios es Padre, Abba, y tener la profunda conciencia de ello nos lleva a plenificar nuestras relaciones, a autentificarlas. Los hijos no saben lo que significa la palabra padre, y Jesús plasma de esta forma tan bella el salir en busca de sus hijos, de los dos. Pero ellos como no se sienten hijos, no pueden ver a su hermano como lo que es, sino como un pecador, un maldito.

Buena lección de Jesús para los escribas y fariseos que le critican. Pero la historia se repite con nuestras vallas, nuestra indiferencia, nuestro rechazo a ese hermano tuyo, y mío, nuestro; y Dios que sigue saliendo a nuestro encuentro para hacernos ver que la vida no consiste en aislarse y defender sino en acoger y desasirse.  Cambiemos de actitud entonces como se propone Etty Hillesum: » Adoptaré como principio el “ayudar a Dios” tanto como sea posible, y si lo consigo, entonces estaré ahí también para los demás»

ORACIÓN:

Ayudarte a Ti, Abbá,
abrir los brazos para acoger y mirar a los ojos
a mis hermanos, a mis hermanas,
Ayudarte a Tí, Abbá,
sentirme hija y entonces también hermana,
en una Comunión sin dualismo,
todo en Ti.

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