El don de la vocación.

El don de la vocación.

El don de la vocación.

La cítara tiene un sonido envolvente, suave, sencillo. Ayuda a serenar el alma, a desperezar nuestra vocación. Con esta música comenzamos todos los jueves, en este año de la Vida Consagrada, un rato de oración común silenciosa, ante la Presencia de Jesús en el Pan que nos da la Vida. Lo hacemos en el oratorio, en círculo, con el corazón inclinado ante el Misterio que nos regala el don de la vocación. Oramos por y con tantas personas consagradas, entregadas…, aquellas que empiezan el camino, las que llevan muchos años de fidelidad, las que atraviesan momentos duros. Todas formamos una gran red de deseo torpe, pero sincero, de seguir al Maestro.

Sin palabras, nos vamos sumergiendo en el Dios que, desde el silencio, habla todas las lenguas y comprende todos los corazones. Finalizamos este tiempo bañado de eternidad con la oración que el obispo de Roma, Francisco, nos propone para las personas consagradas:

Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Padre de nuestro Señor Jesucristo y Padre nuestro. Acoge la oración que te dirigimos. Mira con benevolencia nuestros deseos de bien y ayúdanos a vivir apasionadamente el don de la vocación.
Tú, Padre que en un designio gratuito de amor, nos llamas por el Espíritu a buscar tu rostro, en la estabilidad y en la itinerancia, haznos siempre portadores de tu memoria, y que ella sea fuente de vida en la soledad y en la fraternidad, de modo que podamos ser hoy reflejo de tu amor.
Cristo, Hijo de Dios vivo, tú que casto, pobre y obediente has caminado por nuestras calles, sé nuestro compañero en el silencio y en la escucha; conserva en nosotros la pertenencia filial y hazla fuente de amor. Haz que vivamos el Evangelio del encuentro: ayúdanos a humanizar la tierra y a crear fraternidad; que sepamos compartir la fatiga de quien se ha cansado de buscar, y la alegría de quien aún espera, de quien aún busca y de quien mantiene viva la esperanza.
Espíritu Santo, fuego que arde
Ilumina nuestro camino en la Iglesia y en el mundo. Concédenos la valentía  de anunciar el Evangelio y la alegría del servicio en la vida cotidiana. Abre nuestro espíritu a la contemplación de la belleza. Conserva en nosotros la gratitud y la admiración por la creación. Haz que reconozcamos las maravillas  que Tu realizas en cada viviente.
María Madre del Verbo, vela nuestra vida de hombres y mujeres consagrados, para que la alegría que recibimos de la Palabra llene nuestra existencia y tu invitación a hacer lo que El nos diga (Jn 2,5) nos transforme en agentes activos en el anuncio del Reino.
Amén