Corazón comunitario

Corazón comunitario

Corazón comunitario

Escuchaba no hace demasiado a una persona consagrada, me refiero a una persona perteneciente a una orden religiosa, decir con una naturalidad y rotundidad increíbles que “el problema de la vida religiosa es la comunidad”, y seguidamente pasaba a expresar cómo poder seguir siendo religioso a pesar de la vida comunitaria.
Me quedé de piedra. Nosotras, por vocación y, como trinitarias además por carisma, le dedicamos mucho esfuerzo a construir un único corazón comunitario. No un corazón uniformado, inflexible, no, uno plural, abierto, acogedor y tolerante, pero único. No queremos crear un corazón que cumpla los cánones de belleza, prefrimos un corazón con muescas, no excesivamente hermoso, con las cicatrices del tiempo; que alimente a todas, sencillo y humilde; un «corazón-patata».

Estamos en el camino y sospecho que seguiremos estándolo siempre (y el día que decidamos abandonar ese camino será porque habremos tirado la toalla).
Decía Sartre aquello tan conocido de “el infierno son los otros”, y tras escuchar aquel comentario me vino inmediatamente esa frase a la cabeza.
Me resulta muy difícil pensar en una vida religiosa válida y profunda que considera que la comunidad es un obstáculo a superar en el camino de la vocación y no un trampolín.
No creo que la vida comunitaria sea una tarta de cumpleaños. Creo que vivir en comunidad es muy difícil, y que no cualquier persona es capaz de hacerlo. Creo que se necesita cierto equilibrio psicológico, emocional y afectivo, y saber que el otro, la otra, ha escuchado en su alma el mismo susurro de Dios que he escuchado yo.
Esto me exige paciencia, porque es muy fácil intentar cambiar al otro, a la otra, desear que “madure” o que varíe en algunos de sus hábitos o costumbres. Esas costumbres que no comparto, esas formas que no me gustan son, la mayor parte de las veces, una riqueza que aún no he descubierto. De ahí la paciencia. Con la otra, y conmigo misma. Cada cual con su proceso, con su momento.

No, la comunidad no es la caldera de Pedro Botero y las hermanas una especie de fideos puestos a cocer en esa sopa endiablada. La comunidad es quien me da el nombre, es quien acoge mis risas y mis lágrimas. Con la dureza del día a día, pero confiando siempre en que Dios conoce a cada una y es en ese “cada una” unido donde quiere manifestarse.

La comunidad es otro de los milagros de Jesús.