Señor, déjala todavía este año; cavaré alrededor y la abonaré, a ver si da fruto. (Lc 13, 8)
El evangelio de hoy está dividido en dos partes muy claras. La primera es la respuesta de Jesús ante unos hechos que ocurrieron en Jerusalén, en los que algunos judíos murieron a manos de romanos. Jesús no entra en la discusión y alerta a quienes le escuchan del peligro de creerse personas perfectas, mejores que las demás. Les dice que quienes murieron no eran ni más pecadoras ni más culpables que sus interlocutores.
El texto habla de costumbres y hechos que nos son ajenos, pero la llamada a la conversión se entiende muy bien. Si somos de las que juzgan continuamente a las de alrededor por lo que hacen o dicen… es que necesitamos crecer mucho, profundizar en el significado de nuestro seguimiento cristiano.
Y en eso andaba Jesús cuando les contó la parábola de la higuera que no produce frutos y que, por eso, hay que cuidar.
Dios nos capacita a cada ser humano para el bien, para el encuentro y el amor. Aun así, en ocasiones no nos entregamos en cada momento, sino que vivimos “de las rentas”, de opciones que tomamos una vez. Así nuestra vida se va secando, primero por dentro y más tarde por fuera.
Puede que surja entonces la tentación de querer arrancar lo que una vez se cultivó y cuidó. Pero Dios, como el viñador de la parábola, nos invita una y otra vez a la paciencia, a volver a intentarlo de maneras nuevas, creativas y hondas.
En muchas situaciones de nuestra existencia es bueno vivir con humildad el aparente fracaso y la fragilidad. El evangelio nos invita a cavar y abonar el árbol que somos, y confiar en que el amor de Dios guiará nuestra savia interior para poder dar el fruto deseado a su tiempo.
Oración
Trinidad Santa, gracias por creer en nosotras. Tu confianza nos lleva a recrear, cuidar y profundizar en las opciones que hemos tomado mirándote a ti.

