Un segundo embarazo, nacer en plenitud.
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Nuestro nacimiento físico y nuestro nacimiento a la vida en plenitud, es muy parecido. Intentaré describirlo a través del texto bíblico de Juan 19, 38 -42 y 20, 1-11
Nacemos de un útero humano y, al poco tiempo, nos depositan en una cuna, espacio convexo y acotado porque aún no sabemos movernos, no sabemos andar y entramos en la dimensión del tiempo del reloj, del cronos. Comienzan los segundos, los días, los meses, los años a discurrir, es decir, nos movemos en espacio acotado, convexo y dentro del tiempo del reloj.
Pasamos la vida creciendo, saliendo al mundo, formándonos, estudiando relacionándonos, trabajando.
Este tiempo físico en el que nos movemos va terminándose, y cuando se apaga del todo, volvemos a otro lugar acotado, el sepulcro.
El sepulcro es un lugar de gestación de la vida en el Espíritu. En él, no nos movemos. El espacio anterior donde nos movíamos, el mundo, ya no nos es necesario. Además, el tiempo cambia de formato, del cronos al Kairós, porque nuestra respiración conecta directamente con la de Dios, lo físico se termina, y comienza la vida en plenitud, la del Espíritu.
Sepultura de Jesús
Después de esto, José de Arimatea, que en secreto era discípulo de Jesús por miedo a los judíos, pidió permiso a Pilato para llevarse el cadáver de Jesús. Pilato se lo concedió. Él fue y se llevó el cadáver. Fue también Nicodemo, el que lo había visitado en una ocasión de noche, llevando cien libras de una mezcla de mirra y áloe. Tomaron el cadáver de Jesús y lo envolvieron en lienzos con los perfumes, según la costumbre de sepultar que tienen los judíos. En el lugar donde había sido crucificado había un huerto y en él un sepulcro nuevo, en el que nadie había sido sepultado. Como era la víspera de la fiesta judía y como el sepulcro estaba cerca, colocaron allí a Jesús.
Todo nacimiento es un despertar a la Vida. El sepulcro es el útero donde depositan a Jesús para su transformación hacia la plenitud completa de quien es.
En el sepulcro, muere la forma, pero Jesús nace a su auténtica identidad, nace a la Vida con mayúscula. Va hacia la Pascua.
El sepulcro es el tránsito entre lo antiguo y lo nuevo, es el umbral en el que el cuerpo pierde sus contornos y queda libre su esencia, el Espíritu.
El Espíritu respiraba en Jesús como en nosotras, a través de nuestra respiración física. Es el aire que entra y sale, el aliento de Dios en nosotras. En cada inspiración nos llena de sí y en cada espiración desaloja lo que ya no nos sirve, preparándonos para una nueva inspiración, porque el Espíritu es dinámico.
En el sepulcro ya no es necesaria la respiración física, porque vivimos ya en Dios, como Jesús vivía en el Padre. Ya no hay que respirar, aunque hasta entonces haya sido un movimiento continuo, ahora ya no, porque estamos dentro de la propia respiración de Dios, nos conectamos directamente con Él.
José de Arimatea se hace cargo del cuerpo de Jesús, entonces tomó el cuerpo de Jesús
Esto es lo que hacen las madres cuando un niño nace, se hacen cargo de él. Lo toman, lo cuidan, lo alimentan. El bebé no puede valerse por sí mismo, y la persona que fallece tampoco puede valerse por sí misma. Por eso, en los dos nacimientos se necesita el cuidado de quienes los quieren.
Lo envolvieron en lienzos: es la nueva vestidura. A los recién nacidos se les envuelve al nacer, para que conserven el calor del que disfrutaban dentro del seno materno.
También se les reviste de blanco cuando se les bautiza, como símbolo de su incorporación a la Iglesia. A Jesús lo envuelven en lienzos, lo revisten para la entrada en el Paraíso, para su incorporación a la plenitud de ser en la totalidad de quién es.
Untaron los lienzos con perfumes,
Cuando los niños nacen se les baña y se les rocía de colonia fresca, acorde a la novedad que nace. Es el olor del recién nacido, que es anuncio de vida.
De Jesús se dice que lo untaron con mirra y aloe. Para muchos la cantidad de perfumes es excesiva, equivalía a unos 30 Kg, y recuerda más a los perfumes del lecho nupcial.
Pero esta cantidad de perfume tan inmensa era para tapar el olor hediondo de la putrefacción del cadáver, en su tránsito hacia la esencia. El recién nacido huele a limpio, a nuevo, a virginidad y pureza, y así llegaba Jesús al Padre. Dejaba lo antiguo, lo que ya no servía para vivir en lo nuevo y en ese tránsito no era bueno dejar que el olor de lo putrefacto asomara, sino que el perfume inundara el espacio, envolviendo el tránsito hacia Dios
Y lo depositan en un sepulcro nuevo, como virgen era el vientre de Maria. Como virgen es el espacio que lo acoge. Se trata de un espacio virgen, convexo, listo para que se le deposite.
Se trata de un nuevo embarazo, el embarazo de una humanidad entera que resucitará a través de la resurrección de Cristo. Jesús es el umbral y la grieta que posibilita el nuevo nacimiento, no solo para él, sino para toda la humanidad.
Por eso lo depositan en un sepulcro nuevo, un sepulcro que es matriz, útero y por lo tanto, posibilidad de la nueva vida latente en él.
El sepulcro está vacío, pero en él vive toda la potencialidad de la vida que se esconde en el Espíritu. Hay un vacio esencial que posibilita el nacimiento a la vida nueva, de Jesús, el Cristo. En ese vacío, Jesús se transforma en sí mismo, es la unión de su oscuridad y de su luz, es la unión de los opuestos, es la completitud de su ser.
“ En el lugar donde había sido crucificado había un huerto”
El huerto es espacio de crecimiento, de verdor, de comienzo, todo anuncia la resurrección.
Sin embargo, es necesario establecer que lo nuevo no anula lo antiguo, sino que lo potencia en el espíritu, lo transforma, de alguna manera lo unifica, es la aglutinación que permite la trasmutación.
Seguimos con el capítulo 20 del Evangelio de Juan.
El primer día de la semana, muy temprano, todavía a oscuras, va María Magdalena al sepulcro y observa que la piedra está retirada del sepulcro.2 Entonces corre adonde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, el predilecto de Jesús, y les dice:
—Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.3 Salió Pedro con el otro discípulo y se dirigieron al sepulcro.4 Corrían los dos juntos; pero el otro discípulo corría más que Pedro y llegó primero al sepulcro.5 Inclinándose vio los lienzos en el suelo, pero no entró.6 Después llegó Simón Pedro, detrás de él y entró en el sepulcro. Observó los lienzos en el suelo7 y el sudario que le había envuelto la cabeza no en el suelo con los lienzos, sino enrollado en lugar aparte.8 Entonces entró el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.9 Hasta entonces no habían entendido las Escrituras, que había de resucitar de la muerte.10 Los discípulos se volvieron a casa.
El primer día de la semana es cuando empieza la vida, cuando todo despierta de novedad. Todavía estaba a oscuras, aún no había luz, era el tiempo del duelo, del no ver, de esa oscuridad externa que se cuela dentro y no permite vivir la alegría en el interior.
La oscuridad exterior es reflejo de la interior y al revés.
Maria llega al sepulcro y ve que la piedra está retirada del mismo. Nadie la ha quitado, como en el sepulcro de Lázaro. En el sepulcro donde habían depositado a Jesús, la piedra estaba corrida, dejaba libre la salida. En Lázaro, esa piedra no estaba corrida, sino que Jesús mandó que la moviesen, porque hasta entonces la muerte y la vida eran opuestas. Jesús dijo: quitad esa losa ( Jn 11,39) Simboliza la vuelta a la vida de Lázaro, pero no como en Jesús. Lázaro, vuelve a la vida dejando atrás la muerte. En Jesús no hay separación, la muerte es Vida, se han unido los opuestos y Jesús es el Cristo .
María corre donde estaban Pedro y Juan, a anunciar lo que había visto, y estos dos discípulos corren para observar ellos mismos lo que les había anunciado María. Pedro, más anciano, Juan, más joven, distintas velocidades, distinto recorrido en la vida, pero llegan al mismo lugar, a ese sepulcro que representa la interioridad de cada un@
Y en esa oscuridad a la que temen, en la que les da miedo entrar, se dan cuenta, comprenden que tampoco ellos necesitan ya vendas, porque la Luz ilumina su interior, y en ella, se encuentran con la revelación del Dios que les habla al corazón, por eso, vieron y CREYERON
Hay lienzos en el suelo y el sudario enrollado en lugar aparte. Lázaro salió del sepulcro con los pies y las manos vendados, símbolo de que necesitaba la vendas para seguir viviendo. La vendas recubren el cuerpo, simbolizando que su identidad no es completa, aún es un yo que necesita de ropajes para cubrirse…vuelve a la vida la persona y sigue viviendo con su yo.
Jesús no necesita las vendas ni el sudario, su vida se ha transfigurado para vivir en la esencia, en el espíritu. No necesita su yo para vivir, sino que vive en la identidad que es.
Por eso, en este día os invito a vivir en vuestro sepulcro interior, confiando en el Dios que vive en vuestro interior, y que a través del silencio y la soledad os irá transformando para que cada día viváis más en vosotr@s y en Él.

