Si nos asomamos al evangelio, yo me he fijado en el de Lucas, y leemos con calma los últimos días de la vida de Jesús, nos encontramos con un elemento, casi un personaje, que se repite en varias ocasiones: las piedras. En la entrada de Jesús en Jerusalén, escena que hemos conmemorado el domingo de Ramos, Jesús afirma que, aunque toda la gente que lo aclama callara, las piedras hablarían y contarían quién es él en realidad. Las piedras, mudas, sordas, sin voluntad, serían quienes gritarían que Jesús es el Cristo (Lc 19,40).
En Getsemaní, nos dice el texto que Jesús se alejó como a un tiro de piedra para orar (Lc 22,41). La piedra que mide la distancia, la fuerza de quien la lanza, que indica el lugar exacto donde el Maestro se postra y reza.
Hay más textos de piedras, pero el último, y sin hacer espóiler, nos cuenta que había una piedra grande, pesada, una losa que, cual centinela, ocultaba un nuevo nacimiento, la resurrección de Jesús. Las mujeres fueron al sepulcro de Jesús y encontraron esa piedra movida (Lc 24, 2).
Hay una piedra más que no aparece en el texto bíblico, pero que ha sido muy representada en el arte, sobre todo en los últimos siglos de la Edad Media: “Cristo sobre la piedra fría”. Si, cuando estéis en casa, buscáis eso mismo, “Cristo sobre la piedra fría”, encontraréis una variedad muy interesante de esculturas y pinturas de Jesús, sentado sobre una piedra, generalmente maniatado, a veces desnudo, con corona de espinas y ensangrentado. Jesús está sentado en una piedra en el Gólgota, esperando a ser crucificado. Es el tiempo que vive cualquier reo antes de la ejecución.

De todas las representaciones que he contemplado estos días, me quedo con una escultura que está en la iglesia de san Francisco de Asís, en la isla de La Palma, Gran Canarias, y en la que podemos ver a Jesús, como os he dicho, pero en esta ocasión en una postura casi contemplativa. Está sentado, sobre una roca, su mirada está perdida, como si estuviese más allá de ese lugar. El cuerpo está lleno de sangre, sí, pero no se advierte en el rostro sufrimiento. La mano izquierda reposa sobre el muslo derecho y sobre dicha mano está apoyado el brazo derecho. Su cabeza, ladeada, está apoyada en la mano derecha. Es una bellísima imagen del siglo XV, muy venerada en la isla, “El Señor de la piedra fría”. Cristo tiene una actitud pensativa, paciente, humilde. Una roca lo sostiene. No hay en él rebelión alguna, no hay sorpresa ni desconcierto. Confianza, espera, confirmación de lo que ya intuía que iba a pasar. “Como cordero manso, no abría la boca”. La profecía de Isaías se cumple en Jesús, en este hombre, no olvidemos esto nunca, que es capaz de estar callado, silencioso, ante el suplicio de la cruz.
Un Cristo de viernes santo sobre una piedra es una paradoja en tiempos de insultos, de polarización, de exhibición sin pudor de la vida íntima y los sentimientos, este Cristo sobre piedra nos enseña serenidad, paciencia, humildad, aceptar la realidad como lugar de Presencia, CONFÍA.
¿Qué pensaba Jesús en aquellos momentos previos a su ejecución?
¿Cómo se le ocurre al autor de esta obra colocarlo así, en una actitud casi ajena a lo que está sucediendo? Su cuerpo está lleno de sangre, destrozado, pero el ánimo de Cristo permanece intacto. El hágase pronunciado en Getsemaní, réplica del pronunciado a lo largo de toda su vida, está asumido, tan asumido que Cristo aparece sereno, descansando sobre una piedra, aguardando, consciente de que hay un tiempo para cada cosa y lo respeta.
La mirada de Jesús es contemplativa, abarca la lejanía, abarca la existencia de toda la humanidad. En esa mirada ensoñadora estamos nosotras alojadas, en esa mirada cabemos toda la creación, todo el tiempo, pasado, presente y futuro. Jesús asume plenamente su condición humana, hasta la muerte. El hecho de que esté sentado sobre la roca desnuda, es un recordatorio de que, muy pronto, ese cuerpo, que fue depositado en un abrevadero de piedra al nacer, (más que en un idealizado pesebre de paja) descansará en una tumba también de piedra.
Sus pies, apoyados en el suelo, pronto serán fijados a una cruz. Es el preludio de una oscuridad y un dolor sin precedentes. Y aun con todo, en esta representación, Cristo aparece sereno.
¿En qué piensa Jesús? ¿Espera la nueva vida? ¿Espera la prueba de la muerte? ¿La confirmación de que Dios, su Padre, lo resucitará? No hay angustia en su rostro, tal es la confianza que tiene, sabe que la muerte es un paso, un umbral que es preciso atravesar para seguir viviendo de otra manera. Jesús nos enseña que el camino es un progreso hacia la luz, pero que, inevitablemente, es necesario pasar por la oscuridad, que “no hay victoria en la huída”, en palabras del moje trapense T. Merton
Dice una poetisa:
Soy jardinera. Sé
que las plantas primero crecen por debajo;
la raíz antes que el tallo,
el tallo antes que la flor.
La tierra debe ser rica, oscura; debo regarla
hasta que quede empapada
para que las sedientas raíces
se hundan profundamente para beber,
y no se extiendan por la superficie
y se agosten con el calor…
Ve a lo hondo primero,
confía en las profundidades y en la oscuridad,
y luego florece.
(Bonnie Thurston)
Jesús nos enseña con las parábolas, con narraciones y diálogos, pero, también, con su actitud. Volvemos a la imagen del Señor de la Piedra Fría y en ella se nos narra la aceptación de Jesús. No huye, esa es su victoria, no es derrotado, no es secuestrado, no es una actitud pasiva, su victoria está en que acoge lo que vive, pasa de ser algo impuesto a ser algo aceptado, elegido. Jesús se hace dueño de su propia vida, elige morir viviendo. El Maestro, al final, sigue enseñándonos a acoger aquello que vivimos. El dolor no viene de Dios, no nos lo envía Dios. Dios no envía pruebas ni dolores o sufrimientos para hacernos más fuertes, no es su voluntad que nos suceda nada malo, pero, en eso malo que nos sucede, en eso que nos cuesta y duele, podemos encontrarnos con él, podemos encontrar el camino, también al final, cuando a veces estamos sentadas sobre la piedra fría, esperando algo que quizás no está ya en nuestras manos. Hacer de aquello que suceda, deseo. La realidad, de nuevo, es lugar epifánico, lugar de Presencia.
Simone Weil, filósofa y creyente, habla de la “atención creadora”. Dice que, cuando somos capaces de mirar a la otra persona, de verdad, prestando, regalando incluso, que es más que prestar, atención, entonces esa atención es creadora y, en el momento en que se activa, es renunciamiento. Dios tiene la capacidad, reflexiona Weil, de pensar aquello que no existe y entonces hacerlo ser.
El Señor de la Piedra Fría nos contempla desde la hondura de su alma, desde la verdad del dolor, desde la aceptación de la vida como es, pero elegida. Jesús mira a la lejanía, a la vida desnuda que es, que fue y que será. Jesús nos piensa y entonces somos. Cristo, sentado, esperando a ser crucificado, otea serenamente el porvenir. Sabe que esta es una nueva zancada, más desconocida, menos palpable, pero compañera del nuevo espacio que, confía, se abrirá tras la muerte.
Lo que Jesús mira, sólo lo ve él. Nadie puede mirar lo que otro, otra, mira. No existen dos miradas idénticas, por eso, como Jesús, nuestra mirada, si es con atención, es también creadora. Qué capacidad nos regala el Señor, qué responsabilidad la de mirar a la hermana, al hermano, y crearlo y recrearlo, ayudándolo a existir.
Termino con un verso de César Vallejo, que bien pudo haber sido escrito contemplando esta imagen del Señor de la Piedra Fría, y con una invitación. El verso dice así:
Vamos a ver, hombre;
cuéntame lo que me pasa,
que yo, aunque grite, estoy siempre a tus órdenes.
Y la invitación es a quedaros sentados, sentadas, sobre el frío suelo, a modo de piedra, que sea pupitre la baldosa y que os hagáis alumnas, alumnos, de este rato de oración, de silencio, de mirada y acogida. Escribe una carta a este Cristo humilde que descansa sobre una roca, como descansó en cierta ocasión sobre la piedra de un pozo. A lo mejor ves a Cristo cansado, algo triste, o frágil, o vencido, o sereno y aguardando, confiado… Guardad la carta, leedla cuando esté el tiempo de Pascua para terminar, a ver qué os cuenta, tras los 50 días de fiesta. Mirad de nuevo la imagen.

