Yo lo he visto y doy testimonio de que este es el Hijo de Dios (Jn 1,34).
Durante la Octava de Navidad hemos estado leyendo los textos evangélicos sobre la infancia de Jesús y el Prólogo del evangelio según san Juan, que explican de dónde viene Jesús. Ahora, todavía en el tiempo de Navidad, y luego, durante todo el año litúrgico, los evangelios nos seguirán hablando de quién es Jesús: a los ojos del Padre, de él mismo y de otras personas.
Hoy nos encontramos con las palabras de Juan el Bautista, en un texto que entendemos mejor si lo leemos a continuación del el evangelio de ayer. Dos elementos resuenan con fuerza en el fragmento: el testimonio y el Espíritu.
Por un lado, Juan habla sobre su identidad en relación con la identidad de Jesús. Se ve a sí mismo a la luz de su vínculo con Jesús, incluso antes de conocerle personalmente. Luego el Espíritu le muestra que Jesús es el Hijo de Dios, y de esto puede dar testimonio.
Por otro lado, Juan distingue entre dos bautismos: el suyo, bautismo de agua; y el de Jesús, bautismo del Espíritu. A comienzos de año, cuando es probable que estemos llenas de buenos propósitos y de fuerza de voluntad, nos recuerda que Jesús, el niño que ha nacido, es el camino, la verdad y la vida.
El Espíritu, pues, es quien nos ilumina para que nuestra manera de tratar a las demás hable de Dios. Es quien nos empuja a acercarnos a las demás personas desde el respeto y la compasión, a verlas como un don. Quien enternece nuestro corazón y fortalece nuestra piel para reconocer y adorar al Niño Jesús con amor maduro y despierto (lejos de la ingenuidad). Es quien nos enamora de Dios, y así toda nuestra vida se vuelve, sencillamente, testimonio.
Oración
Dios Trinidad, que nuestros sentidos se despierten, te reconozcan, se fíen y te entreguen. Amén.

